Hay algo que no deja de
sorprenderme y gustarme de Juan Pablo II, de Benedicto XVI y de Francisco: son hombres
que tocan a la gente y se dejan tocar; acarician, abrazaban, besan. Y digo que
me sorprende y me gusta porque yo vengo de cierta formación donde tocar, ya no
digo acariciar, estaba mal visto: eso de entre
santa y santo, pared de cal y canto y los cinco mil kilómetros de separación se vivía a rajatabla, y cuidadín
el que no (hiciera caso). Hoy leo que Francisco
nos dice que “no debemos tener miedo de la bondad, de la ternura”, y entonces
miro de reojo el evangelio y caigo en cuenta que Jesús tocaba a la gente,
mucho, y se dejaba tocar: quería, lo manifestaba, y se dejaba querer. Son
muchísimas las referencias que hacen los Evangelios a ese Jesús que sana tocando,
imponiendo las manos, acariciando a personas a quienes aquella sociedad los
tenía como excluidos: leprosos, pobres, enfermos, mujeres...Jesús se acerca, se deja impregnar por el perfume de una
mujer, sin poner mala cara, sin caérsele los anillos –que desde luego no usaba;
es una expresión- importándole nada el qué dirán. No sé, tengo para mí
que el Señor no se negaba a entregarse a multitudes deseosas de un contacto que
les es negado y les hace sentir culpables. Es un clásico que en casi todos los
sistemas de dominación “culpar a la víctima” es un mecanismo que se utiliza muy
eficazmente… En una sociedad en la
que estaba prohibido aproximarse a la impureza, Jesús la escandaliza con el
cariño con el que se deja tocar por la mujer que padecía hemorragias. No sé, el
que yo veo es un Jesús que es tocado por muchos, que pregunta “¿quién me ha
tocado?”...a mi la escena me parece maravillosa ¡y mira que la he leído muchas
veces!... ¿Por qué nadie me dijo que no tuviera miedo a tocar, y ser tocado? ¡Hasta
hoy! Hoy me digo a mí mismo: toca, acaricia, besa, abraza, ama con gestos, y
déjate querer. Si tu corazón es puro, no hay problemas. Si no lo es, ¡ay de ti!
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