… porque así como en las armas el que estoquea, estoquea; el que mata, mata; y el que vence, vence; en esto de las letras nunca son suficientes los buenos propósitos, y no se sabe si un libro fue o no discreto, digno de elogio, o lo contrario, hasta pasados muchos, muchos años. Para entonces uno ya ha muerto, y no puede disfrutar de esos laureles. Y no digo censuras y vituperios, porque nadie, puestos a soñar, sueña catástrofes ni cosecha chiflas. Al contrario, le gusta imaginar los futuros aplausos que no oirá y mil coronas de laurel que habrían de coronar su calavera. Así es el hombre de ilusorio. Si fuese por los elogios y vituperios del día ni un solo hombre se molestaría, no siendo un necio, en mojar la pluma Andrés Trapiello.

Sí, la vida es como un juego de imanes, mientras unos se atraen otros se repelen. Uno nace mientras otro muere. Cuando uno ama, otro mata. Dicen que la económia es la ciencia de la elección. Como en la vida, que para dar a uno, siempre tienes que quitar a otro. Uno pierde, para que otro gane. Cuando el juego ha terminado para uno, siempre empieza para otro. Así es la vida, simple y jodida o así es la vida de compleja y maravillosa, según como veas el vaso... Lo malo es cuando acaba el partido y no empieza otro. Entonces, irremediablemente y sin saber por qué, piensas que alguien, en otro lugar está empezando a vivir ■ ae

hasta la puesta del sol; para siempre

Se casaron hace unas semanas en un sitio precioso y por las fotos que hemos visto fueron unos días entrañables. Y yo me alegro enormemente por ellos y con ellos. Ésto del amor está muy bien (lo dice uno que se casó por primera y ultima vez hace nueve años). Dice Chesterton que tiene suerte aquel que se casa con la mujer que ama, pero tiene mucha más suerte aquel que está enamorado de la mujer con la que se ha casado. Parece lo mismo, pero no es lo mismo. Todos queremos ser felices. ¿Y qué es eso de la felicidad? Un caramelo con un envoltorio precioso…¿y dentro?. No sabemos definir la felicidad, porque no es algo que uno sepa exactamente qué es, pero sí (sabemos) qué síntomas tiene: un estado agradable, duradero, que acompaña a actividades gozosas; estado en el que no echo nada de menos, y que si falta algo soy desdichado. Para unos la meta es el placer puro y duro, la salud, el poder, Dios, el amor, la cultura, la belleza…o de todo un poco. Lo que sí sabemos es que satisfacen dos motivaciones: el bienestar y la consecución de proyectos. Si uno no tiene proyectos es imposible que alcance ninguna meta. El bienestar conduce al placer. El proyecto conduce a la alegría. Y la suma de ambos se aproxima a eso que llamamos felicidad. Yo, mis queridos Fernada y Hernán les deseo -y así se lo pido al Dios en el que creo- que estén llenos de proyectos, y así, llenos, se pasen el resto de su vida. Fácil no es, pero se puede. Personalmente siempre me ha emocionado oir a los viejos amores de este mundo que han llegado a buen puerto a la otra orilla y que hablan de respeto, intimidad, paciencia. Hay menos besos y más miradas, menos intimidad quizá, pero más caricias y apretones de manos. Hay mucha complicidad. Esos viejos amores son como los viejos marineros que saben que han tirado muchas cosas por la borda, que han tenido demasiados asaltos piratas, que muchos abandonaron el barco a mitad de travesía pero que al final, a la puesta del sol, pueden mirar al otro a la cara y descansar sobre su hombro para ver el horizonte y el mar ■ ae

amores

Muchas tonterías hacemos en la vida. Las mías se cuentan por cientos. Y leyendo biografías, parece que es condición humana, es decir, no se salva nadie. Las estupideces más grandes son las del corazón y, por eso mismo, las más comprensibles y las más disculpables. Es difícil luchar contra los sentimientos. El niño que desde su más tierna infancia es llevado al Fútbol por su padre, bufanda, gorra, corneta, etc. es difícil que no sienta esos colores, esas vibraciones y esa liturgia hasta las lágrimas. Las del amor son tremendas. Ortega define el enamoramiento como una enfermedad de la atención –sólo se atiende a una persona, centrifugado y atontado, ciego y sordo a todo. Es una imbecilidad transitoria. Sthendal va más lejos y piensa en una teoría de la cristalización, un fenómeno proyectivo: uno se enamora cuando proyecta en otra persona determinadas perfecciones y la adorna con ellas, hasta el día fatal en que descubre que ese ser no existe en realidad, que es un mero producto de su imaginación, que lo que amaba era, en suma, un simple fantasma. Pero no siempre es así: a veces sabemos que esa persona es un fantasma, la conocemos bien y, sin embargo, caemos en la trampa (quizás por tocar algo, por soledad, o afán de aventura, por piedad…), ¡qué bien lo describe Proust en los Amores de Swan! Swann no vive en absoluto engañado respecto a Odette: es plenamente consciente de sus mentiras, de su vulgaridad, de su mezquindad; consciente incluso de que ni siquiera es su tipo de mujer, pero no puede evitar amarla... ni casarse con ella. La vida de cada uno, su biografía, es un conjunto de engaños y desengaños que pueden llevarnos a conocernos muy bien, o a la mentira más grande sobre nosotros mismos y los demás. Nos pasan las mismas cosas, más o menos, pero no todos aprenden de esas experiencias, parecen vivir sólo de sus sentimientos como algo irremediable y fatal. Hablan del amor como eros, y lo definen como un estado de intranquilidad y desasosiego, al menos hasta que ese amor se convierte en filia, en cariño: es el momento en que ese amor ya no sólo comparte cama, también quiere la mesa, el paseo, la compra y las visitas domésticas. Entonces, y sólo entonces, para muchos se les cruzan los caminos, porque el amor pide compromiso y eternidad ■

11.XI.2009


Jean Cusset, ateo con excepción de la vez que escuchó Ein deutsches Requiem de Brahms, dió un nuevo sorbo a su martini -con dos aceitunas- como siempre- y continuó: -Si alguien me dice que no cree en Dios yo me pongo a platicar con él. Sé que disfrutaré de una interesante discusión. Pero si alguien me dice que se siente amigo personal de Dios echo a correr lleno de espanto. -Y es que los que se creen amigos de Dios se hacen soberbios -siguió diciendo Jean Cusset-, y a todos los demás nos ven por encima del hombro. Sólo ellos están salvos; todos los otros somos unos infames pecadores a los que se puede despreciar. El ateo está ligeramente enfermo de vanidad. El que se cree amigo personal de Dios sufre mal incurable de soberbia. De él debemos huir igual que de la peste. Asi dijo Jean Cusset. Y dió el último sorbo a su martini, con dos aceitunas, como siempre ■ Ésta (encantadora) histroria me sirve para escribir sobre uno de los seres humanos más entrañables que la vida me ha regalado y al que yo me siento especialmente unido porque cuando nadie daba un quinto por mi vida él actuaba conmigo como si nada pasara, y éso me marcó para siempre. Lo mismo hacía la (enorme) mujer que tiene a su lado. Este tipo hoy cumple años y en recordándolo me acordé también de Jean Cusset. Roberto -así se llama- me escribe siempre y me dice que me lee y se emociona. Yo no lo creo nada pues él se emociona con todo lo que letras, asi sea las que vienen en el anverso de una cajita de Alka Seltzer; sin embargo yo sí me emociono con las cosas que me dice que le cruzan por la cabeza cuando me lee. Me encontré hoy un (precioso) texto de José Antonio Muñoz Rojas que tomo prestado -para éso son las letras, para tomarlas prestadas y convertirlas en regalos de cumpleaños- porque me hicieron pensar en tí y en cómo vas por la vida, querido RAC: más ateo que amigo de Dios. Y por éso mismo más lleno de sabiduría que de arrogancia y soberbia. Señor que me has perdido las gafas, por qué no me las encuentras? Me paso la vida buscándomelas, me has traído al mundo para ésto, para pasarme la vida buscando unas gafas, que están siempre perdiéndoseme? Para que aparezca este tonto que está siempre perdiendo sus gafas, porque tú eres, Señor, el que me las pierdes y me haces ir por la vida a trompicones, y nos das los ojos y nos pierdes las gafas, y asi vamos por el mundo con unas gafas que nos pierdes y unos ojos que nos das, dando trompicones, buscando unas gafas que nos pierdes y unos ojos que no nos sirven. Y no vemos, Señor, no vemos, no vemos, Señor. Que cumplas muchísimos más, mi hermano, y que los que te queremos - y que somos muchos- te los vayamos festejando con enorme alegria ■ ae
Me envia mi queridisimo amigo Nacho una foto con su hijo, y se me vienen a la cabeza los espléndidos versos de A. Lamelas; como los leo los copio. ¡Campeones! eso son Nacho y Bea, unos campeones ■ ae
Se me quebró la voz una mañana
y tu nombre rodó por mi garganta,
cuesta abajo tu nombre,
cuesta abajo,
y llegó al corazón para quedarse.
Cómo resuena tu nombre en mi silencio.
El corazón, un claustro,
una cartuja,
un ciprés solitario, aquel de Silos
que cantara Gerardo,
un surtidor oculto,
una guitarra sin cuerdas apoyada
en la esquina del alma.
Me duele la certeza de tus sílabas
horadando mi piel,
tu nombre ahora escrito y musitado
en pasado perfecto,
nostalgia que estalla en interiores
caminos de la sangre.
Se me quebró la voz una mañana
y tu nombre rodó por mi garganta,
tu nombre que se asoma cuando duermo
y acaricia mis labios en tu ausencia ■
Ulises González, Te extraño (2009)
mixta lienzo (220 X 245 cm) ¿colección particular?
...
Qué te importa que te ame,
si tú no me quieres ya?
El amor que ya ha pasado
no se debe recordar

Fui la ilusión de tu vida
un día lejano ya,
Hoy represento al pasado,
no me puedo conformar.

Si las cosas que uno quiere
se pudieran alcanzar,
tú me quisieras lo mismo
que veinte años atrás.

Con qué tristeza miramos
un amor que se nos va
Es un pedazo del alma
que se arranca sin piedad ■
Buena Vista Social Club