
Jean Cusset, ateo con excepción de la vez que escuchó Ein deutsches Requiem de Brahms, dió un nuevo sorbo a su martini -con dos aceitunas- como siempre- y continuó: -Si alguien me dice que no cree en Dios yo me pongo a platicar con él. Sé que disfrutaré de una interesante discusión. Pero si alguien me dice que se siente amigo personal de Dios echo a correr lleno de espanto. -Y es que los que se creen amigos de Dios se hacen soberbios -siguió diciendo Jean Cusset-, y a todos los demás nos ven por encima del hombro. Sólo ellos están salvos; todos los otros somos unos infames pecadores a los que se puede despreciar. El ateo está ligeramente enfermo de vanidad. El que se cree amigo personal de Dios sufre mal incurable de soberbia. De él debemos huir igual que de la peste. Asi dijo Jean Cusset. Y dió el último sorbo a su martini, con dos aceitunas, como siempre ■ Ésta (encantadora) histroria me sirve para escribir sobre uno de los seres humanos más entrañables que la vida me ha regalado y al que yo me siento especialmente unido porque cuando nadie daba un quinto por mi vida él actuaba conmigo como si nada pasara, y éso me marcó para siempre. Lo mismo hacía la (enorme) mujer que tiene a su lado. Este tipo hoy cumple años y en recordándolo me acordé también de Jean Cusset. Roberto -así se llama- me escribe siempre y me dice que me lee y se emociona. Yo no lo creo nada pues él se emociona con todo lo que letras, asi sea las que vienen en el anverso de una cajita de Alka Seltzer; sin embargo yo sí me emociono con las cosas que me dice que le cruzan por la cabeza cuando me lee. Me encontré hoy un (precioso) texto de José Antonio Muñoz Rojas que tomo prestado -para éso son las letras, para tomarlas prestadas y convertirlas en regalos de cumpleaños- porque me hicieron pensar en tí y en cómo vas por la vida, querido RAC: más ateo que amigo de Dios. Y por éso mismo más lleno de sabiduría que de arrogancia y soberbia. Señor que me has perdido las gafas, por qué no me las encuentras? Me paso la vida buscándomelas, me has traído al mundo para ésto, para pasarme la vida buscando unas gafas, que están siempre perdiéndoseme? Para que aparezca este tonto que está siempre perdiendo sus gafas, porque tú eres, Señor, el que me las pierdes y me haces ir por la vida a trompicones, y nos das los ojos y nos pierdes las gafas, y asi vamos por el mundo con unas gafas que nos pierdes y unos ojos que nos das, dando trompicones, buscando unas gafas que nos pierdes y unos ojos que no nos sirven. Y no vemos, Señor, no vemos, no vemos, Señor. Que cumplas muchísimos más, mi hermano, y que los que te queremos - y que somos muchos- te los vayamos festejando con enorme alegria ■ ae