Se casaron hace unas semanas en un sitio precioso y por las fotos que hemos visto fueron unos días entrañables. Y yo me alegro enormemente por ellos y con ellos. Ésto del amor está muy bien (lo dice uno que se casó por primera y ultima vez hace nueve años). Dice Chesterton que tiene suerte aquel que se casa con la mujer que ama, pero tiene mucha más suerte aquel que está enamorado de la mujer con la que se ha casado. Parece lo mismo, pero no es lo mismo. Todos queremos ser felices. ¿Y qué es eso de la felicidad? Un caramelo con un envoltorio precioso…¿y dentro?. No sabemos definir la felicidad, porque no es algo que uno sepa exactamente qué es, pero sí (sabemos) qué síntomas tiene: un estado agradable, duradero, que acompaña a actividades gozosas; estado en el que no echo nada de menos, y que si falta algo soy desdichado. Para unos la meta es el placer puro y duro, la salud, el poder, Dios, el amor, la cultura, la belleza…o de todo un poco. Lo que sí sabemos es que satisfacen dos motivaciones: el bienestar y la consecución de proyectos. Si uno no tiene proyectos es imposible que alcance ninguna meta. El bienestar conduce al placer. El proyecto conduce a la alegría. Y la suma de ambos se aproxima a eso que llamamos felicidad. Yo, mis queridos Fernada y Hernán les deseo -y así se lo pido al Dios en el que creo- que estén llenos de proyectos, y así, llenos, se pasen el resto de su vida. Fácil no es, pero se puede. Personalmente siempre me ha emocionado oir a los viejos amores de este mundo que han llegado a buen puerto a la otra orilla y que hablan de respeto, intimidad, paciencia. Hay menos besos y más miradas, menos intimidad quizá, pero más caricias y apretones de manos. Hay mucha complicidad. Esos viejos amores son como los viejos marineros que saben que han tirado muchas cosas por la borda, que han tenido demasiados asaltos piratas, que muchos abandonaron el barco a mitad de travesía pero que al final, a la puesta del sol, pueden mirar al otro a la cara y descansar sobre su hombro para ver el horizonte y el mar ■ aehasta la puesta del sol; para siempre
Se casaron hace unas semanas en un sitio precioso y por las fotos que hemos visto fueron unos días entrañables. Y yo me alegro enormemente por ellos y con ellos. Ésto del amor está muy bien (lo dice uno que se casó por primera y ultima vez hace nueve años). Dice Chesterton que tiene suerte aquel que se casa con la mujer que ama, pero tiene mucha más suerte aquel que está enamorado de la mujer con la que se ha casado. Parece lo mismo, pero no es lo mismo. Todos queremos ser felices. ¿Y qué es eso de la felicidad? Un caramelo con un envoltorio precioso…¿y dentro?. No sabemos definir la felicidad, porque no es algo que uno sepa exactamente qué es, pero sí (sabemos) qué síntomas tiene: un estado agradable, duradero, que acompaña a actividades gozosas; estado en el que no echo nada de menos, y que si falta algo soy desdichado. Para unos la meta es el placer puro y duro, la salud, el poder, Dios, el amor, la cultura, la belleza…o de todo un poco. Lo que sí sabemos es que satisfacen dos motivaciones: el bienestar y la consecución de proyectos. Si uno no tiene proyectos es imposible que alcance ninguna meta. El bienestar conduce al placer. El proyecto conduce a la alegría. Y la suma de ambos se aproxima a eso que llamamos felicidad. Yo, mis queridos Fernada y Hernán les deseo -y así se lo pido al Dios en el que creo- que estén llenos de proyectos, y así, llenos, se pasen el resto de su vida. Fácil no es, pero se puede. Personalmente siempre me ha emocionado oir a los viejos amores de este mundo que han llegado a buen puerto a la otra orilla y que hablan de respeto, intimidad, paciencia. Hay menos besos y más miradas, menos intimidad quizá, pero más caricias y apretones de manos. Hay mucha complicidad. Esos viejos amores son como los viejos marineros que saben que han tirado muchas cosas por la borda, que han tenido demasiados asaltos piratas, que muchos abandonaron el barco a mitad de travesía pero que al final, a la puesta del sol, pueden mirar al otro a la cara y descansar sobre su hombro para ver el horizonte y el mar ■ ae
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