amores

Muchas tonterías hacemos en la vida. Las mías se cuentan por cientos. Y leyendo biografías, parece que es condición humana, es decir, no se salva nadie. Las estupideces más grandes son las del corazón y, por eso mismo, las más comprensibles y las más disculpables. Es difícil luchar contra los sentimientos. El niño que desde su más tierna infancia es llevado al Fútbol por su padre, bufanda, gorra, corneta, etc. es difícil que no sienta esos colores, esas vibraciones y esa liturgia hasta las lágrimas. Las del amor son tremendas. Ortega define el enamoramiento como una enfermedad de la atención –sólo se atiende a una persona, centrifugado y atontado, ciego y sordo a todo. Es una imbecilidad transitoria. Sthendal va más lejos y piensa en una teoría de la cristalización, un fenómeno proyectivo: uno se enamora cuando proyecta en otra persona determinadas perfecciones y la adorna con ellas, hasta el día fatal en que descubre que ese ser no existe en realidad, que es un mero producto de su imaginación, que lo que amaba era, en suma, un simple fantasma. Pero no siempre es así: a veces sabemos que esa persona es un fantasma, la conocemos bien y, sin embargo, caemos en la trampa (quizás por tocar algo, por soledad, o afán de aventura, por piedad…), ¡qué bien lo describe Proust en los Amores de Swan! Swann no vive en absoluto engañado respecto a Odette: es plenamente consciente de sus mentiras, de su vulgaridad, de su mezquindad; consciente incluso de que ni siquiera es su tipo de mujer, pero no puede evitar amarla... ni casarse con ella. La vida de cada uno, su biografía, es un conjunto de engaños y desengaños que pueden llevarnos a conocernos muy bien, o a la mentira más grande sobre nosotros mismos y los demás. Nos pasan las mismas cosas, más o menos, pero no todos aprenden de esas experiencias, parecen vivir sólo de sus sentimientos como algo irremediable y fatal. Hablan del amor como eros, y lo definen como un estado de intranquilidad y desasosiego, al menos hasta que ese amor se convierte en filia, en cariño: es el momento en que ese amor ya no sólo comparte cama, también quiere la mesa, el paseo, la compra y las visitas domésticas. Entonces, y sólo entonces, para muchos se les cruzan los caminos, porque el amor pide compromiso y eternidad ■

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