Afortunadamente las cosas que
suceden en la Iglesia Católica ad intra dejaron de ser intocables, y Obediencia
perfecta es una película que se acerca de manera respetuosa (y desde mi punto
de vista, efectiva) y presenta una realidad –la formación de los candidatos al
sacerdocio- que debe seguir revisándose con mucho cuidado. Los sacerdotes hemos
sido el centro de la crítica desde que salieron a la luz los casos de pederastia,
no sólo en México, la infección es mundial y desde luego va mucho más allá de
los límites eclesiásticos. El director de Obediencia perfecta (Luis Urquiza)
toca el tema del abuso sexual en aspirantes al sacerdocio en una congregación
mexicana por todos bien conocida, pero lo hace de una manera muy fina, no
obedece a la enferma curiosidad que algunos cuantos pudieran imaginar al
visualizar la temática; tan respetuoso que no hay un solo nombre o lugar que
coincidan. Urquiza tiene un respeto por el tema, pero lo toca de manera
profunda y sin ningún miramiento y presenta un caso (de los ¡ay! cientos o
miles que debieron suceder) de forma clara y contundente. Hace unas semanas, en
concreto en los días anteriores y posteriores a la celebración del Día del niño
(30 de abril en México), las redes sociales se llenaron de memes sobre cierto
personaje eclesiástico y los abusos sexuales dentro de la institución por él
fundada, la misma que retrata la película. Al final éste personaje, idolatrado
hasta el paroxismo por muchos miembros del instituto religioso, aparece como un
bufón, un bufón que nos desvela nuestras sombras, un bufón que es como un
despertador humano que suena una y otra vez y que no permite que nos
acostumbremos a algo. El bufón es algo que nos preserva de vanagloriarnos de nuestra
fe y de situarnos por encima de los demás, lo que tristemente le sucedió al
personaje en cuestión y sigue sucediendo en muchos de los que formamos parte de
la Iglesia católica, no solo la jerarquía, sino también en grupos de
apostolado, parroquias y hasta en prelaturas personales. El bufón nos recuerda
que no somos más que hombres y por tanto limitados, frágiles y completamente
dependientes de la gracia y la misericordia de Dios. El bufón es algo que nos
lleva hacia el humor, aquello que permite a uno reírse de sí mismo, rasgo
característico de una fe sana; y evita la entrada de la mojigatería rígida,
rasgo clarísimo de una religiosidad enfermiza. En la edad media, la Iglesia
celebraba una fiesta de bufones. Había un niño obispo y un Papa bufón. Es
indudable que la religión necesita bufones para no desviarse hacia el dogmatismo
o hacia palpitaciones fundamentalistas basadas en la tradición. El hombre
necesita dentro de sí un bufón para vivir en este mundo. Sin el bufón nos
enojaríamos cada vez más ante la situación. Pero, naturalmente, el bufón tiene
también una parte sombría. Puede convertirse todo en broma y desentenderse de
toda responsabilidad. Necesitamos siempre combinar ambos polos: la disposición
a denunciar, a aceptar y a luchar contra toda clase de injusticia y maldad, y
la libertad interior que el bufón representa frente a todo. El humor
–acompañado siempre del Amor y del amor- es una fuerza subversiva. De ahí que
muchos eclesiásticos prefieren seguir presentándose con gran patetismo. Se hace
necesaria la función crítica del bufón, que desenmascara el patetismo como un
intento de manipulación. En menos palabras, en corto ¿el tema es una bufonada?
No. El tema es bastante serio, y en la Iglesia deberíamos tomárnoslo así, y
hacer un profundo y serio examen de conciencia y denunciar, aceptar y luchar,
pensando que al atardecer de nuestro día, seremos examinados ¡ay! en el amor /
AE

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