Con alguna personas me sucede
como con algunos libros. Hay una literatura sobrecargada, suntuosa, artificial.
Parece que no se busca más que el lucimiento personal. Es una vanidad reflejada
en espejo del mismo autor. Algo así como una mujer probándose un vestido, y
otro, y otro. En realidad, no busca nada. Sólo quiere gustarse a sí misma. Esa
belleza no me impresiona. Sin embargo hay obras que me admiran por el amor y la
sencillez que hay en ellas, justo como me sucede con éstos cuatro. No se me entienda mal.
Este amor del que hablo no es algo soso, sentimental. Es de una dureza
increíble. Alguien escribió que nunca se debería escribir una sola frase que no
se pudiera susurrar al oído de una persona agonizante. ¡A eso me refiero! Hay
literatura para paladares de gourmets exigentes. En fin, que la digiera quien
pueda pagársela. Yo soy lector mendigo, necesito bien poco para disfrutar de
platos muy sencillos. Es lo que tiene el hambre. Vistas así las cosas, estos
amigos mios, con los que siempre es una auténtica delicia estar, son como un pequeño gran
cuento que lees una y otra vez sin agotar su sentido, sin cansarte; estos cuatro son como
una canción que no te cansas de tararear –la felicidad canela, amor te la voy adar- una canción que no necesita ser acompañada más que de una guitarra y poco más. La
filarmónica se la dejamos a otros ■
AE


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