Esta amaneciendo y siete días cuenta ya Febrero; hay café sobre la mesa y releo una parte del Mio Cid. Sus versos, tallados como en metal o piedra, son la primera voz de España. Algo de pronto me ilumina. Es una frase. La dice el Cid a doña Jimena: "Créceme el corazón porque estades delant...". El corazón me crece porque estás tú delante ¡qué palabras hermosas! Más bella declaración de amor nopuede haber. En la presencia de la mujer amada el corazón de su amador se agranda -y viceversa- quizá para que su amor pueda caber. No recuerdo haber leído en toda la literatura romántica una frase tan bonita que, justo hoy, me recuerda a éstos dos (amigos) que yo tanto quiero, a éstos dos que celebran que, juntos, le dieron una vuelta más al sol. No sé, tengo para mí que muchos hablan del amor joven, del que es todo ilusión y todo fuego, pero que no entienden nada de nada. A mí me gusta pensar en ese amor que se torna más amoroso con los años, más comprensivo, más leal; del que convierte a dos en uno solo y los funde en pensamientos y palabras, aunque nadie lo note. Los miro ahora (celebramos la Nochebuena juntos) y comprendo que están lejos de la perfección (esa perfección de la que tantos hablan y presumen) y del oropel. Los veo y me doy cuenta que están de regreso en muchas cosas. De muchas partes vuelven: de la alegría y de la pena; de la esperanza y la resignación; de las victorias pequeñitas y de los sueños que nunca se cumplieron. Un amor como éste -normal, terreno, y al mismo tiempo que participa de la chispa divina- no necesita que nadie lo cante, ni el Cid ni el fader ni nadie. Es un amor sobre el que van pasando los años. Durará hasta que ambos quieran que dure, pero tengo para mí que cuando salgan de ésta vida no harán sino pasar de un cielo a otro. Así los percibo, así me alegro y así los celebro ■ AE
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