...el alma y la vida de la gente...


Cuando te escribía el otro día que tú y los moconetes habían sido la highligth de la vacación lo decía en serio. Hoy, pasados los días, guardo silencio y me doy cuenta lo afortunado de tenerte en mi vida, o mejor dicho: lo afortunado que soy al poder ser parte de la tuya y de la de los moconetes. Ayer en oyendo (sic) cantar a Mariza, me acordé de ti y de los niños, de los días en Vallarta, del Lunero, de la playa, las risas y los cigarros; me acordé con esa canción tan entrañable -Chuva- que dice algo así como Há gente que fica na história da história da gente e outras de quem nem o Nome lembramos ouvir / São emoções que dão vida à saudade que trago Aquelas que tive contigo e acabei por perder / Há dias que marcam a alma e a vida da gente e aquele em que tu me deixaste não posso esquecer... yo –que no hablo bien portugués, pero algo entiendo, haría una traducción como muy libre que diría más o menos ésto: Hay gente que se encuentra en la historia de la historia de la gente, y otras de quienes ni el nombre nos acordamos de oir / Son emociones que da la vida, la melancolía que traigo, aquella que tuve contigo y acabé por perder/ Hay días que marcan el alma y la vida de la gente… La canción ciertamente canta la historia de un amor fracasado -creo- pero las frases sueltas aplican estupendamente a ésa gran amistad que nos regalas a los que somos tus amigos. Si estás leyendo ésto es porque ya llegaron las flores -que no unos chingados e inútiles chocolates- para decirte ¡gracias! Gracias con todo el corazón a tí y a tus hijos por los días que me dejaron pasar con ustedes, días que, como dice la canción, marcan el alma y la vida de la gente. Que nos volvamos a ver pronto, Fernanda querida, para echar risas, y cigarros y y copas de vino y puestas de sol ■ AE  

¡Tus (primeros) cuerentaycuatro!


Cunctis sua displicet aetas, escribía Ausonio, o sea, que nadie está contento con su edad; lo mismo pensaba Jorge Manrique: "cualquiera tiempo pasado fue mejor". Cuando veo a los políticos que andan en campaña colgando sus fotos fotochopeadas para quitarse diez años de encima un foquito rojo chillón se me prende por dentro, pero al mismo tiempo comprendo que añoran su tiempo pasado. Ni siquiera los niños del catecismo parecen conformes con su edad. Si les preguntas cuántos años tienen, te dirán los que aún no tienen: "voy a cumplir doce". No sé, debe ser que les corre prisa salir del presente para proyectarse hacia un porvenir sin exámenes ni controles paternos... Hoy en la mañana, cuando desperté y recordé que mi Kike cumple años pensé que ésto no le pasa a él, que celebra sus cuarenta y cuatro vueltas al sol sin remilgos y caras largas. Cuestión complicada ésta de la edad, que procuramos paliar con simplezas como "por ti no pasan los años"; "lo importante es la juventud de espíritu", etc. Lo cierto, es que muchos se pasan media vida soñando en lo que harán cuando sean mayores y la otra media añorando lo que hacían cuando eran jovencitos o lamentándose por no haberlo hecho. ¿Y en medio? ¿Qué ocurre en medio? En medio -dicen- estalla la crisis. Un día cualquiera, un chavo se dispone a afeitarse como todas las mañanas y mientras piensa en lo que hará cuando sea mayor, descubre que la imagen del espejo es la de un anciano ruinoso con bolsas en los ojos y arrugas hasta en los lóbulos de las orejas. Quizá trate de convencerse de que todo es una alucinación; que para que ese viejo desaparezca de su vida basta una cremita de Clinique y unos jeans desgarrados a la altura de la rodilla… Volviendo a la crisis, supongo que todo parte del miedo al presente. Mucho predicar el carpe diem y, en el fondo, parece que no supiésemos vivir al día, sin temor al futuro ni añoranzas del pasado. No está mal echar una ojeada de vez en cuando al espejo retrovisor, pero siendo conscientes de que el pasado no volverá. ¿Y el futuro? ¡Ay el futuro! Hay que mirar hacia adelante, incluso más allá de nuestra probable fecha de caducidad. El vistazo al futuro debe partir de la convicción profunda de que lo único real es el hoy y el ahora. Ese presente es un regalo que Dios nos hace, no para que lo consumamos como hedonistas que necesitan morir de indigestión cada día, sino como hombres y mujeres de fe, que saben que ahora, no ayer ni mañana, podemos tocar con la mano la eternidad. Ahora Dios me busca; ahora me llama; ahora pide una respuesta. Ahora, a mis quince, treinta, o cuarenta y cuatro, como Kike ¿Y la crisis…? No hay crisis con la edad, la edad es maravillosa, hoy mi Kike celebra sus cuarenta y cuatro y yo los celebro con él ■ AE