Que el Opus Dei se equivoca en
muchas cosas no debe sorprender a nadie, al fin y al cabo (el Opus Dei) está formado por
seres humanos y los seres humanos nos equivocamos cuando menos diez veces al
día (lo de que se equivocan no lo digo de oídas, "si digo que
la burra es parda es porque tengo los pelos en la mano" que dice mi mamá); lo que sí sorprende es que uno de sus miembros –uno de los famosos, además- nos venga a decir que el Papa está
en una crisis espiritual. Es curioso, cuando un numerario dice o escribe algo notable o valioso, el Opus Dei rápidamente asevera con un "claro, los hijos de Dios en el Opus Dei poseen una sólida formación teologica anclada en una profunda ortodoxia, y sirven a la Iglesia como la Iglesia quiere ser servida que tanto le gustaba decir a nuestro Santo Fundador (sic)", pero cuando hay algo mal dcho, o mal escrito, o equivocado, el Opus Dei rápidamente hace una especie de legal disclaimer: "Los miembros del Opus Dei son completamente libres para expesar sus ideas". ¿O sea que para lo bueno sí somos todos hermanos, pero cuando alguien se equivoca no? Cualquiera se preguntaría de dónde obtiene este señor la autoridad para juzgar la conciencia ajena. La habitual soberbia con que se hace esto en el Opus Dei le ha cegado hasta el punto de juzgar, precisamente, al vicario de Cristo en la tierra... Esclavo de sus prejuicios ha decidido hacer pública su (¿blasfema?)opinión.
A continuación el texto del Sr. de la Cierva:
Una traición a la tradición
YAGO DE LA CIERVA, EL MUNDO,
12/02/2013
El único modo en que se consigue
entrever qué puede pasar por la mente y el corazón del Papa es una crisis
espiritual. Una decisión así no se improvisa.
Quizá deberíamos haber prestado más atención a sucesos que podrían haber
encendido la luz roja. Como su respuesta en una entrevista de 2010 diciendo que
podría llegar a ser un deber de conciencia dimitir, si no se es capaz de llevar
a cabo la misión. Después, la paulatina pero constante cancelación de tareas
que son centrales en el ministerio papal. Benedicto XVI se ha ido encerrando en
su mundo cada vez más, el mundo de un profesor interesado sobre todo en el
desafío intelectual de explicar la fe cristiana a los que ya creían, y
presentar un Dios razonable a tantos que le desconocen. Y, progresivamente, la
Secretaría de Estado ha ido asumiendo el gobierno de la Iglesia. En el último
periodo, incluso los temas centrales en su Pontificado (la liturgia, la vuelta
a la Iglesia de los tradicionalistas, las fronteras de la ortodoxia católica)
han ido adquiriendo forma sin su intervención directa.
Pero renunciar es harina de otro
costal. Porque por mucho que otros cinco papas lo hubieran hecho antes, no se
pueden comparar. Por mencionar sólo la última: no
tiene nada que ver la dimisión de Celestino V, un monje prácticamente
secuestrado para ser Papa y que duró poco más de un día en el trono de Pedro,
con la trayectoria de Ratzinger, uno de los colaboradores de Juan Pablo II en
Roma durante 26 años, y que ha dirigido la Iglesia por casi dos lustros. Ni el
mundo ni la Iglesia de hoy tienen puntos en común con la de hace siete siglos.
No: la decisión de Benedicto XVI no tiene precedentes. Descartemos una enfermedad
sobrevenida, por un motivo muy sencillo: lo habría dicho explícitamente.
Descartemos también que tenga algo que ver con la crisis de los abusos
sexuales, porque él mismo había dicho que en ningún momento dimitiría por ese
motivo: «No se puede huir en el momento del peligro», afirmó tajante. Tampoco la fuga de documentos
pontificios, que puso contra las cuerdas la seguridad del Vaticano y la
fidelidad de los colaboradores más cercanos al Papa. A diferencia de su
antecesor, Benedicto XVI hablaba con muy pocas personas. Descubrir que gente de
su más estrecha confianza había abusado de ella ha debido de ser un golpe
terrible. Pero no parece suficiente.
¿Será entonces la falta de fuerza
física para dirigir la Iglesia católica? Muchos han interpretado que han
impulsado al Papa motivos de salud: camina con dificultad, arrastrando los
pies; no ve por el ojo derecho; y los problemas cardiovasculares que le aquejan
desde los años 90 los ha mantenido a raya sólo gracias a un régimen de vida muy
estricto; y todos los achaques de casi 86 años. Sin embargo, habría sido muy
sorprendente que la causa principal fuera una enfermedad, sobre todo después de
haber presenciado la agonía de años y en directo de Juan Pablo II. Joseph Ratzinger ha sido testigo en
primera fila de que la decadencia física no es obstáculo para ser Papa. En
plena agonía de Wojtyla, afirmó que el magisterio del Papa, cuando no podía ni
hablar, era más elocuente que la mejor de las encíclicas.
En realidad, Benedicto XVI ha hablado
de falta de vigor de cuerpo y de espíritu. Si hubiera que poner el acento en
uno de los dos, elegiría el segundo. El único modo en que se consigue entrever
qué puede pasar por la mente y el corazón del Papa es una crisis espiritual. Crisis espiritual, porque si hay algo
que este Papa ama es la tradición. Se ha esforzado con denuedo para que las
reformas del Concilio Vaticano II no se interpreten en clave rupturista sino en
comunión con la tradición; se ha volcado para que la liturgia actual no rompa
sus lazos con la de siglos anteriores. Y ahora rompe con esa tradición de
manera neta, completa, radical. Ha tomado una decisión que cambia el futuro del
Papado para siempre: a partir de ahora, sus sucesores se verán presionados como
nunca hasta ahora. Ha roto con su predecesor, Juan Pablo
II, que siguió a pesar de los pesares. Y si ese «seguir hasta el final» fue una
de las manifestaciones más elocuentes de la santidad de Carol Wojtyla, ahora
muchos fieles no comprenderán por qué su sucesor, en mucho mejor estado de
salud que Juan Pablo II, entiende que su deber es renunciar.
Ruptura también con el pensador al
que Benedicto XVI más debe: San Agustín. Uno de las principales aportaciones
del santo de Hipona al cristianismo es la doctrina sobre la gracia. En polémica
con Pelagio, que subrayaba la importancia de las fuerzas del hombre para hacer
el bien, San Agustín destaca que lo más importante es la gracia, lo que hace
Dios y no lo que hace el hombre. Y Benedicto, al renunciar por falta de
fuerzas, da más peso a lo que pueda hacer un Papa que a lo que pueda hacer Dios
a través de él. Sabemos ahora que Benedicto XVI ha
rumiado durante un año esta decisión. Ha debido de ser un periodo horrible para
él, de contradicción interna, de debate entre la tradición que había recibido
de sus predecesores, y lo que él veía como mejor para la Iglesia. Los problemas de dentro y de fuera le
han convencido de que hace falta un Papa vigoroso. Pero la crisis ha de ser
profundísima: se ha debido sentir completamente inerme ante la fuerza de la
Historia, y ni siquiera su fe en la providencia le ha convencido para continuar
«hasta que Dios quiera».
Su conocimiento de la historia pasada
y de la situación actual de la Iglesia le impiden ignorar que la elección del
siguiente Papa será mucho más «política» y menos espiritual. Para algunos, ha tenido el coraje de
romper con los precedentes: un tradicionalista contra la tradición. Para otros
le ha faltado la coherencia hasta el final, y deja la tristeza que se aprecia
cuando se escucha la noticia de un hombre de 85 años que se divorcia, porque ya
no puede aportar nada a su matrimonio. Pero en cualquier caso, deja una
Iglesia sorprendida, entristecida y dolorosa por la punzante noticia, que no se
atreve siquiera a pensar si el Papa ha hecho bien o ha hecho mal, sino que
confía en que el Espíritu Santo sepa guiar a la Iglesia para escribir una
página completamente nueva de su bimilenaria historia.
Yago de la Cierva es profesor de
Comunicación de la Iglesia de la Santa Cruz de Roma y fue director ejecutivo de
la JMJ de Madrid en 2011
1. Usted nos dice
que el Papa Benedicto XVI es prácticamente pelagiano y que sufre una crisis espiritual, ¿sabe? el único peligro de pelagianismo dentro de la Iglesia Católica
reside en la institución a la que usted pertenece: hacer un plan de normas a diario
con el único afán de ir al cielo eso es materialismo encubierto, ahí no hay
espíritu, no hay abandono, y la Providencia es una entelequia más, entelequia que usted nunca
degustará mientras siga en su actual encorsetamiento espiritual.
2. Habla usted de crisis espiritual
en uno de los teólogos más grandes en la historia de la Iglesia Católica... en realidad no me extraña una afirmación así si habitualmente usted alimenta su espiritualidad con Camino, libro de escasa profundidad
teológica hecho a base de máximas pietistas y pueblerinas ¿no hace falta recordar o traer a colación lo que opinaba H.U. von Balthasar del librito del fundador, verdad? Perdone usted que no lo escriba con mayúscula. Fundador hay uno y no nació en Barbastro.
3. Usted se ha dedicado durante años en algún Colegio Mayor de Madrid a impartir doctrina católica a partir de
guiones previamente preparados; usted pertenece a una institución donde no puede decir ni pensar con libertad ¿y nos viene a decir que el Papa pasa por una crisis espiritual? Hay que tener mucha cara dura para afirmar algo así. Crisis, Sr. de la Cierva, crisis es la que tiene ahora mismo el Opus Dei: 25.000 numerarios cuando falleció su fundador
(1975) y hace un par de años menos de 16.000... ¿En dónde hay crisis, allá o acá?
4. Aún más: ¿de qué cultura habla
usted cuando en toda su vida no ha trabajando en otra cosa que no sean corporativas del Opus Dei? ¿Su
gran éxito fue sustituir a Millán al frente de la Comunicación en
el IESE? Usted no lo ha hecho tan bien ¿eh? Cuentan quienes le vieron, que en la última charla que dió le contaron hasta siete faltas de ortografía en su Power Point ¿dónde quedó el amor por las cosas pequeñas? Ni qué decir de su presencia en la
JMJ, del 2011, de su artificiosa calma y sus lentes con ademán
de seminarista de los años 30: qué salto al estrellato más malo y qué poco tono humano en un hijo de Dios en el Opus Dei.
...En fin, para qué seguir escribiendo, ¿qué le puedo yo decir a usted decir
si tiene que pedir permiso para todo, incluso para leer ésto? Me molesta -y profundamente- que hable usted de libertad ¿De qué libertad habla? ¡Por
favor! Usted nunca saboreará ni La Libertad última de Víctor Frankl, ni la Libertad operativa de López Quintás, ni La Libertad interior de Jacques Philliphe por mucho que la recomiende
vivamente a sus supernumerarios de turno, y es que los directores no le darán permiso de leer éstos títulos.
Usted, Sr. de la Cierva lo que deberían hacer -acompañado por Mons. Echevarría; dicho sea de paso- es seguir el ejemplo del Papa y retirarse; déjarse usted de cursos de retiro y cositas varias y hable con Aquél en el que dice usted creer, a ver en qué términos quedan. Y luego viene y nos cuenta, a ver si hay alguien que tenga interés en leerlo. Le dejo, por cierto, las fotos que publica hoy L'Osservatore Romano, ¿crisis, dice usted? ¿qué crisis? ¿de qué habla? La gente -el pueblo de Dios, en el que, por cierto, nunca vemos al Opus Dei- no se manifiesta de ésta manera cuando percibe una crisis ■ AE
Posdata: ¡Ay! ¡Casi lo olvidaba! Si va a usted a hablar de crisis, le sugiero que comienze por comentar el tema en alguna tertulia con Mons. Echevarría. En una entrevista recientemente publicada su excelencia trata de explicar que el cambio en su vida no le vino del encuentro con Dios, con Jesucristo; ni siquiera en su calidad de sacerdote
(¡!), sino de su encuentro con San Josemaría y/o el Opus Dei. Quisiera pensar
que para un cristiano –y cuanto más para un sacerdote- el encuentro personal
con Jesús es un momento clave y central en su vida, en el que valdría la pena o
en lo cual querría abundar un poco, desafortunadamente solo atina a decir: "En 1955 me ordené de
sacerdote". En toda la entrevista, lo más cercano a Dios es cuando dice, a
propósito de su inexperiencia para ser el custode del padre: "…Pero me fié de
la gracia de Dios y del discernimiento del Padre"...
Como datos
curiosos, en toda la entrevista aparecen las palabras:
-Padre/San
Josemaría: 21 ocasiones
-Obra/Opus Dei: 9
ocasiones
-Dios/Jesucristo:
5 ocasiones, y 4 de ellas hablando de lo santo de San Josemaría…
Tengo para mí que
este es precisamente es el (raquítico) modelo de santidad que el Opus Dei ha
logrado crear y transmitir: no el encuentro con Jesucristo, sino el encuentro
del tipo asemejarse/identificarse con Escrivá de Balaguer y la obra por él
creada. Una pena ■ AE






