Hay gente que tiene un duende especial, un porte, un don, una guapeza (sic) que
hace que trasmita un algo que atrae a los demás. No tiene nada que ver
esa atracción con el dinero, ni con la posición, y muchísimo menos con la edad. Es
algo consustancial a esa persona. Es natural, no es artificioso. No hay
barroquismo, ni protocolos que se han estandarizado. Es de cuna. Esas personas
entran en un lugar y llaman la atención; quienes las ven intentan saber quién
es. Los he conocido en todo tipo de profesiones, algunas de las que llaman
humildes, y tienen un señorío que atrae. Pero lo que (me) fascina de esta
gente es que intuyes una vida interior que se manifiesta en sus actos. Así es
Cristina que, por cierto, hoy celebra nosécuantas vueltas de la tierra al sol
(el número da igual), y yo me alegro con ella y por ella y la celebro a la
distancia, al tiempo que le pido a Dios que la cuide y la conserve en ése
señorío y esa grandeza y ése porte y ésa simpatía; con gente como ella ¡cómo
no! hay razones para el optimismo ■ AE

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