Shhhhhhh

El mundo a veces tiene demasiado ruido, un ruido hueco y hostil. Es entonces cuando te retiras, te resguardas en tu silencio y te dedicas a observar. No puedes evitar tu ausencia de sonido. Empiezas a percibir con nitidez el sonido de los demás; esa necesidad que tienen los otros de arrasar, de ser el centro de atención, de sentirse la atracción de todas las miradas. Y te preguntas a qué puede obedecer una necesidad así. Y permaneces en tu instante silente, te quedas pensando si te has perdido algo importante, porque tú ya no sabes subir ese escalón en el que los demás están, no sabes estar en el ruido de los demás. Te preguntas si hay algún eslabón que no has encontrado o que has perdido para poder subir a esa historia que comparten los demás. Una historia que te parece incomprensible, a la que no sabes ajustarle el sentido. Y en silencio te dices que quizá tu lugar no sea ese, que estás perdido, que no querrías estar ahí. Y te sientes un ser extraño. Con ganas de regresar a tu lugar de silencio, de palabra y de olvido. Donde el ruido de lo absurdo ya no te va a interrumpir más. La soledad entonces se convierte en sonora. Y descansas. Tu olvido puede por fin reposar. Y regresan a tu encuentro todas esas otras miradas que sostienen la tuya, esas de las que ya nunca vas a saber prescindir. Silencio sonoro. Amistad. Y vuelves a sonreir, porque te sabes en otras presencias, y que lo de hoy, lo que has habitado hoy, es tan sólo un instante. Y te dejas llevar irremediablemente por el poder de otros ojos, por la atracción de otras miradas, por la presión de otras manos. Y sabes que al lado de otras presencias tienes la capacidad infintia de ser tú mismo. Sin otro sonido que interrumpa el tuyo, sin más resonancia que la que tú eres, ¡animo, Salva! ■ ae

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