Antigona de Marzo

Si bien fue Pitágoras de Samos quien encendió la antorcha, hay que reconocer también que fue una mujer de Crotona, una filósofa, una matemática, una maestra, quien supo mantenerla encendida, y transmitirla a las generaciones posteriores, a toda la Humanidad (...)». Marzo 25. Sí: es un día especial: mi hermana cumple un año más. Mi hermana, esa que ya estaba cuando yo llegué y que ha seguido estando siempre, entre baches y risas, con su silencio y con su no-silencio. A ti, que ya estabas observando la vida cuando yo aterricé con toda mi impaciencia, para ti, Antígona, mis mejores deseos; para ti hoy mi mejor pensamiento. Vas por delante, siempre por delante, al lado de ése hermano mío al que también quiero entrañablemente. Ser hermana supongo que no es fácil. Saberse ejemplo y afrenta no debe ser nada sencillo. Hoy me pregunto qué hilos invisibles nos unen, qué hilos nos sustentan tan unidos a pesar de la distancia, de las diferencias, de la desencontrada mirada con la que enfrentamos el mundo... Antígona, que sea hoy un día muy feliz; te deseo momentos de plenitud ante el recuerdo de lo vivido. Eres el triunfo de la generosidad, no tienes más que mirar las personas que ahora te rodean, esas a las que has dado tanto. Yo me uno a Rac y a los niños, si no con la presencia, con el pensamiento y con el sonido de la risa. Por último, quiero regalarte aquí un recuerdo, un momento de mi vida que aún recuerdo entre emocionado y avergonzado. Sí, lo confieso… tú y Rac, cuando nadie daba un quinto por mi vida, dieron la cara y fueron generosos conmigo. Eso no lo olvidaré nunca. Antígona, que junto con Rac y los niños pases un gran día; ustedes que han impedido que me pierda, y que siguen haciéndolo, así, tan en silencio y a veces sin yo saber ae

de pinceles y luces y cuadros

Ayer encontré un libro que me acompañó durante lo que fue un difícil año, aquel año de decisiones y quizá de egoísmo anclado. Recuerdo su intensidad, lo que me enganchó, qué embebido estaba en la historia, y cómo permitió que mi desencuentro saliera por fin convertido en un sentimiento de serenidad. Me recuerdo llorando en algún café, solo, soltando todo ese lastre que nos ata en ese tiempo de nuestra primera juventud. La vida entonces salía a mi encuentro entre sentimientos de rebeldía, soledad, tristeza, en la avidez por vivirlo todo. Ansiedad sin control. Y justo en aquel tiempo, fui a dar con esa historia que me regaló la quietud, la reflexión y la templanza. Luego leí otros títulos del mismo autor, pero ninguno me llegó tan necesariamente como ese primer encuentro. En aquellas palabras encontré el latido de mi exacta percepción. Latía la necesidad de que todo ha de ser atemperado; reposar esa querencia de salir al camino sin saber muy bien por qué salíamos, ni a qué. Captar la templanza en aquella historia que se me regalaba. Mi vida comenzó a tener mansedumbre. Aquel tiempo en el que nada era concreto y en el que se quería tener todo empezó a captar el ritmo de la espera. A saber de la necesidad de vivir en la espera. Volví a mi adolescencia. El tiempo en el que se mezcla todo. La confusión casi se podría tocar: sentimientos desencontrados, realidad y ficción mezcladas, ese necesario egoísmo del yo porque si no uno se sentía ahogar, esa necesidad de asirse a algo, de salir, de ser. Instantes en que queríamos necesariamente ser, pero que vivíamos sin querer reconocer que la posibilidad no es realizable sólo con la intención, que es necesario el esfuerzo, la paciencia, la espera. Lo queríamos todo sin esperar, sin querer esforzarnos. Y más aún, desconocíamos que no todo se puede conseguir a pesar de la paciencia. Que la Vida es inteligente, que nos dá exactamente nuestro lugar, y que éste algunas veces, no es el que probablemente deseamos. Eso, eso se aprende después. Entre desencuentros aprendíamos a priorizar. No teníamos datos, pasado; solo esperábamos el porvenir. Ahí estaba todo un carácter, sin atemperar, imperfecto, exigiendo a cada paso la perfección. Y aquel año sucedió. En una puñado de palabras, metido en una historia que no era la mía, la vida salía a mi encuentro. Hoy toco este libro, sus tapas, sus hojas ya amarillas, y ese olor a viejo de los libros usados y guardados desde hace tiempo. Y me pregunto qué verdad sabrá encontrar en él algún otro. No lo sé. Y hoy me encuentro con la obra de un buen amigo; sus cuadros volvieron a recordarme la fuerza de vivir. O más exactamente, lo que nunca, nunca, he dejado de ser. Cuando reposas los ojos sobre las historias que te atraparon irremediablemente vuelves a recordar esa parte escondida del yo que eres. El reencuentro con tus libros más queridos, con los cuadros hechos por alguien que admiras es vivir de nuevo en aquella mirada que tenías cuando lo leíste por primera vez o en la luz que se posó sobre aquel cuadro en el momento de arrancarlo del pincel a fuerza de suspiros. Y piensas que es como si nada hubiera cambiado, que tú sigues ahí, en ese instante sostenido por una frase. Reconoces de nuevo el joven que fuiste, y sabes firmemente que aún permanece. Que aunque sea cierto que todo ha cambiado, que has cambiado, sigues siendo aquello que te dolió, aquello que te hizo llorar, aquello que de alguna manera te tocó. Que tus ojos siguen siendo aquellos ojos, y que aún, lo sigues esperando todo ae

The Butterfly Circus

Ver en lo que no es perfecto la maravillosa mariposa que llegará a ser no es nada fácil, y sin embargo, su esencia late ahí, en ese conjunto de desencuentros. En lo imprevisible. En la rotunda libertad de nuestra mirada. Sólo es necesario el gran latido de todo aquello que nos regala el tiempo para que se produzca esa infinita transformación ■ ae www.thedoorpost.com/hope/film/?film=4dd298f102c77b625cf37a9e7744ac68

azul marino

Somos aquello que no hemos olvidado. Todo lo que un día nos invadió, que arrasó nuestra mirada, está con nosotros. Somos también todo aquello que un día perdimos. Sostenemos todavía aquel pensamiento que se nos quedó a medias, como sin sentido. Todos los errores que cometimos, las despedidas que no protagonizamos, el anhelo que dejamos escapar porque no supimos que lo deseábamos tanto, todo eso, aún lo somos. Un día el silencio de nuestros paso pareció cubrirlo todo con su manto insonoro. Parece todo abandonado, y no somos conscientes de que todo, todo eso, queda latente. Hemos seguido caminando, nos hemos dejado llevar por otros ruidos, por otras presencias, por otros caminos... pero un buen día te topas con un cuadro, con un paisaje, con el mar o con un cuento. Y descubres que todo está ahí. Que eres un ser poliédrico, de mil caras, luciendo al sol intermitentemente. Descubres tus mil lados. Todo sigue ahí, latente, en la espera de ser contado., esperanzo a tener forma y sentido cuando lo conviertras en un cuento. Y hoy descubro que todo está ahí, como en un cuento, en sus palabras de profundidades que parecían olvidadas, palabras que destilan perfectamente en mi alma la hondura de ese azul que siempre es abismo e intensidad; el azul marino ■ ae

Arreciaba la belleza... y se posaba en nuestras almas doloridas, en todo aquello que por insignificante, gozaba de luz. Y podíamos acunarnos un poco en ella. En esa belleza que es sólo un instante; y siempre pobre, muy pobre ■ ae

Hasta siempre ¡Maestro!

Se nos ha muerto Miguel Delibes y con él se va una parte importantísima de la historia reciente de nuestra literatura; nos queda su obra, un auténtico tesoro del que no podemos cansarnos de disfrutar. Pienso que Miguel Delibes ha sido el mejor escritor español de los últimos 75 años, nadie como él ha cuidado la lengua castellana de esa manera; nadie ha sabido describir el paisaje y sus gentes ni hablar de los hombres, de sus grandezas y sus miserias, con la fineza y la clarividencia del vallisoletano. Delibes afinaba al configurar sus personajes, con esa preferencia por los desheredados, los pobres del mundo, a los que era capaz de sacar toda la grandeza que esconden, una grandeza que le hacía grande a él mismo. Hoy no puedo dejar de decir algo sobre éste hombre que, junto a su maestría literaria, nos ha dejado un colosal ejemplo de sencillez y honestidad; Delibes encarnó toda la sobriedad castellana, el saber estar, la discrección, la elegancia de la que deberían aprender tantos ególatras que se piensan que por dos requiebros literarios son el acabose. Ahora Miguel Delibes ya tiene, para toda la eternidad, su sitio preferente en la historia de las letras españolas; desde ese premio Nadal a su primera creación, La sombra del ciprés es alargada, Delibes no ha parado de aportarnos vida, ideas y sentimientos a quienes disfrutamos con lo que está bien escrito, bien hecho: La hoja roja, Cinco horas con Mario, Aún es de día, Señora de rojo sobre fondo gris, Diario de un cazador, Mi idolatrado hijo Sisí, Parábola de un naúfrago, Las guerras de nuestros antepasados, Los santos inocentes; El príncipe destronado, Las ratas, La mortaja, ... en el cielo hay un hueco preferente para quien nos ha dejado tanto ■ ae