de pinceles y luces y cuadros

Ayer encontré un libro que me acompañó durante lo que fue un difícil año, aquel año de decisiones y quizá de egoísmo anclado. Recuerdo su intensidad, lo que me enganchó, qué embebido estaba en la historia, y cómo permitió que mi desencuentro saliera por fin convertido en un sentimiento de serenidad. Me recuerdo llorando en algún café, solo, soltando todo ese lastre que nos ata en ese tiempo de nuestra primera juventud. La vida entonces salía a mi encuentro entre sentimientos de rebeldía, soledad, tristeza, en la avidez por vivirlo todo. Ansiedad sin control. Y justo en aquel tiempo, fui a dar con esa historia que me regaló la quietud, la reflexión y la templanza. Luego leí otros títulos del mismo autor, pero ninguno me llegó tan necesariamente como ese primer encuentro. En aquellas palabras encontré el latido de mi exacta percepción. Latía la necesidad de que todo ha de ser atemperado; reposar esa querencia de salir al camino sin saber muy bien por qué salíamos, ni a qué. Captar la templanza en aquella historia que se me regalaba. Mi vida comenzó a tener mansedumbre. Aquel tiempo en el que nada era concreto y en el que se quería tener todo empezó a captar el ritmo de la espera. A saber de la necesidad de vivir en la espera. Volví a mi adolescencia. El tiempo en el que se mezcla todo. La confusión casi se podría tocar: sentimientos desencontrados, realidad y ficción mezcladas, ese necesario egoísmo del yo porque si no uno se sentía ahogar, esa necesidad de asirse a algo, de salir, de ser. Instantes en que queríamos necesariamente ser, pero que vivíamos sin querer reconocer que la posibilidad no es realizable sólo con la intención, que es necesario el esfuerzo, la paciencia, la espera. Lo queríamos todo sin esperar, sin querer esforzarnos. Y más aún, desconocíamos que no todo se puede conseguir a pesar de la paciencia. Que la Vida es inteligente, que nos dá exactamente nuestro lugar, y que éste algunas veces, no es el que probablemente deseamos. Eso, eso se aprende después. Entre desencuentros aprendíamos a priorizar. No teníamos datos, pasado; solo esperábamos el porvenir. Ahí estaba todo un carácter, sin atemperar, imperfecto, exigiendo a cada paso la perfección. Y aquel año sucedió. En una puñado de palabras, metido en una historia que no era la mía, la vida salía a mi encuentro. Hoy toco este libro, sus tapas, sus hojas ya amarillas, y ese olor a viejo de los libros usados y guardados desde hace tiempo. Y me pregunto qué verdad sabrá encontrar en él algún otro. No lo sé. Y hoy me encuentro con la obra de un buen amigo; sus cuadros volvieron a recordarme la fuerza de vivir. O más exactamente, lo que nunca, nunca, he dejado de ser. Cuando reposas los ojos sobre las historias que te atraparon irremediablemente vuelves a recordar esa parte escondida del yo que eres. El reencuentro con tus libros más queridos, con los cuadros hechos por alguien que admiras es vivir de nuevo en aquella mirada que tenías cuando lo leíste por primera vez o en la luz que se posó sobre aquel cuadro en el momento de arrancarlo del pincel a fuerza de suspiros. Y piensas que es como si nada hubiera cambiado, que tú sigues ahí, en ese instante sostenido por una frase. Reconoces de nuevo el joven que fuiste, y sabes firmemente que aún permanece. Que aunque sea cierto que todo ha cambiado, que has cambiado, sigues siendo aquello que te dolió, aquello que te hizo llorar, aquello que de alguna manera te tocó. Que tus ojos siguen siendo aquellos ojos, y que aún, lo sigues esperando todo ae

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