Dice Allan Bloom en su espléndida obra El Cierre de la mente moderna (Plaza & Janes 1989) que «Los antiguos ateos se tomaban en serio a la religión y la reconocían como una fuerza real, que cuesta algo y que exige elecciones difíciles. Los nuevos sociólogos que hablan con tanta facilidad de lo sagrado son como un hombre que tiene en el jardín de su casa un viejo y desdentado león de circo a fin de experimentar las emociones de la selva». Hoy por hoy podríamos decir lo mismo de todos aquellos que tocan de oídas y desafinado sobre temas que merecen, como mínimo, una actitud de respeto, porque se intuye que estás ante algo sagrado, aunque no lo entiendas. La pérdida del sentido de lo sagrado es uno de los síntomas más graves del empobrecimiento de la sociedad. Sagrado es algo que a la vez me penetra y me sobrepasa, me nutre en lo más hondo, y al mismo tiempo soy incapaz de agotarlo. Sagrada es la belleza de una obra de arte, alguien que nos revela el misterio del amor y el sexo, una canción, una poesía releída mil veces, un trabajo, la maternidad... Ante lo sagrado sólo cabe la pasividad, la admiración: no podemos hacer nada, sólo contemplar. Poco a poco hemos perdido el misterio. El hombre también. Y si no hay ese sentimiento de lo sagrado, todo se profana. Incluso a Dios. Hoy por hoy de una obra de arte se admira el dinero que cuesta, de un ser humano “lo bueno que está” (o que deja de estar),y de Dios una protección contra la muerte y contra el infierno. ¡cuántos piadosos que están llenos de amuletos y que su fe está a la altura de los brujos y de los hechizeros...aunque comulguen a diario: tienen en el jardín de su casa un viejo y desdentado león de circo a fin de experimentar las emociones de la selva ■

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