Antón Chejov en el Estudiante cuenta como regresa a su casa un seminarista una noche fría de viernes Santo: «a su alrededor todo estaba desierto y mostraba un aspecto especialmente sombrío». Piensa en la pobreza y el hambre y la ignorancia y la soledad y el sentimiento de opresión de los campesinos, existente desde siempre «y aunque pasaran otros mil años la vida no mejoraría». Pasa junto a unas mujeres que se calientan en una hoguera. Y, al acercarse también él para calentarse, comenta cómo en una noche igual a esa Pedro también se calentó las manos..., y recuerda su negación de Jesucristo. Las mujeres se conmueven. Luego se marcha y empieza a pensar que si se han conmovido no fue porque él lo hubiera contado muy bien, sino por la relación que la noche de la traición de Pedro tenía con el presente. «Una súbita alegría agitó su alma (...). El pasado, pensaba, estaba al ligado al presente por una cadena ininterrumpida de acontecimientos que se sucedían, y tenía la sensación de que acababa de ver los dos extremos de esa cadena: al tocar uno de ellos, había vibrado el otro». Y, más tarde, «pensaba que la verdad y la belleza, que habían guiado la vida humana en el huerto y en el patio del sumo pontífice y habían perdurado de manera ininterrumpida hasta el día presente, constituirían por siempre lo más fundamental de la vida humana y de todo cuanto había sobre la tierra. Un sentimiento de juventud, de salud y de fuerza —sólo tenía veintidós años— y una dulce e inefable esperanza de felicidad, de una misteriosa y desconocida felicidad, se apoderaron poco a poco de él, y la vida se le antojó maravillosa, encantadora, imbuida de un elevado sentido». Dos conclusiones: ¡hay que buscar la belleza y una vez encontrada, seguir buscando!...y no estamos solos ■
Antón Chejov en el Estudiante cuenta como regresa a su casa un seminarista una noche fría de viernes Santo: «a su alrededor todo estaba desierto y mostraba un aspecto especialmente sombrío». Piensa en la pobreza y el hambre y la ignorancia y la soledad y el sentimiento de opresión de los campesinos, existente desde siempre «y aunque pasaran otros mil años la vida no mejoraría». Pasa junto a unas mujeres que se calientan en una hoguera. Y, al acercarse también él para calentarse, comenta cómo en una noche igual a esa Pedro también se calentó las manos..., y recuerda su negación de Jesucristo. Las mujeres se conmueven. Luego se marcha y empieza a pensar que si se han conmovido no fue porque él lo hubiera contado muy bien, sino por la relación que la noche de la traición de Pedro tenía con el presente. «Una súbita alegría agitó su alma (...). El pasado, pensaba, estaba al ligado al presente por una cadena ininterrumpida de acontecimientos que se sucedían, y tenía la sensación de que acababa de ver los dos extremos de esa cadena: al tocar uno de ellos, había vibrado el otro». Y, más tarde, «pensaba que la verdad y la belleza, que habían guiado la vida humana en el huerto y en el patio del sumo pontífice y habían perdurado de manera ininterrumpida hasta el día presente, constituirían por siempre lo más fundamental de la vida humana y de todo cuanto había sobre la tierra. Un sentimiento de juventud, de salud y de fuerza —sólo tenía veintidós años— y una dulce e inefable esperanza de felicidad, de una misteriosa y desconocida felicidad, se apoderaron poco a poco de él, y la vida se le antojó maravillosa, encantadora, imbuida de un elevado sentido». Dos conclusiones: ¡hay que buscar la belleza y una vez encontrada, seguir buscando!...y no estamos solos ■
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