A medias entre la leyenda urbana y la realidad está la historia -terrible- de la prostituta que escribió a su cliente una dedicatoria con su lápiz de labios en el espejo de un lavabo de un hotel cinco estrellas, “AIDS,¡bienvenido al club!”. Hay gente que despechada por no poder curarse, odiando al mundo y a ellos mismos, sólo le queda el remedio de tomarse la triste venganza de contagiar su mal. Si no crees en nada ni en nadie, si la vida ha sido injusta con uno, ¿qué razón hay para que no corran otros la misma desgracia que yo?. En el libro Más grandes que el amor de Lapierre y Collins, se citan unos cuantos ejemplos que abrasan los ojos, para bien y para mal. No hace falta tener SIDA para contagiar todo lo que se mueve. Bajo la máscara de la moral, del arte y de la religión, ¡cuántos esfuerzos despliegan a diario corazones infectados para hacer contagioso su mal incurable!. Detrás de muchas leyes, de muchos guiones, de mucha literatura y de mucho cine hay mentes enfermas preocupadas en normalizar su podredumbre y su excepcionalidad. Pintores, filósofos, arquitectos, políticos, poetas, novelistas y cantantes que, además- ¡absurdo!- en lugar de inspirar compasión y asco, reciben alabanzas, premios y vítores. Mejor no citar nombres ilustres. Está bien que renuncien a su curación, probablemente no la tenga, pero su pureza sería negarse a difundir el mal. Pero, me temo, ya es tarde. En el espejo de muchos corazones ya está escrito “¡bienvenido al club!” ■
A medias entre la leyenda urbana y la realidad está la historia -terrible- de la prostituta que escribió a su cliente una dedicatoria con su lápiz de labios en el espejo de un lavabo de un hotel cinco estrellas, “AIDS,¡bienvenido al club!”. Hay gente que despechada por no poder curarse, odiando al mundo y a ellos mismos, sólo le queda el remedio de tomarse la triste venganza de contagiar su mal. Si no crees en nada ni en nadie, si la vida ha sido injusta con uno, ¿qué razón hay para que no corran otros la misma desgracia que yo?. En el libro Más grandes que el amor de Lapierre y Collins, se citan unos cuantos ejemplos que abrasan los ojos, para bien y para mal. No hace falta tener SIDA para contagiar todo lo que se mueve. Bajo la máscara de la moral, del arte y de la religión, ¡cuántos esfuerzos despliegan a diario corazones infectados para hacer contagioso su mal incurable!. Detrás de muchas leyes, de muchos guiones, de mucha literatura y de mucho cine hay mentes enfermas preocupadas en normalizar su podredumbre y su excepcionalidad. Pintores, filósofos, arquitectos, políticos, poetas, novelistas y cantantes que, además- ¡absurdo!- en lugar de inspirar compasión y asco, reciben alabanzas, premios y vítores. Mejor no citar nombres ilustres. Está bien que renuncien a su curación, probablemente no la tenga, pero su pureza sería negarse a difundir el mal. Pero, me temo, ya es tarde. En el espejo de muchos corazones ya está escrito “¡bienvenido al club!” ■
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