Me habían recomendado los haikus de Susana Benet. En cuanto pude me asomé a la biblioteca en busca de su libro y encontré otro que no era, pero que también es. En lugar de Lluvia menuda, he leído Faro del bosque. Más de 60 haikai de los que he entresacado algunos para dejarlos por aquí. El primero es puro haiku, recuerda a Basho y su habilidad para captar las pequeñas maravillas de la naturaleza. También el segundo participa un poco de ese espíritu, pero reconozco que lo elegí por otras razones. El resto tienen otro estilo, de retrato cotidiano en el que Benet se mueve como pez en el agua. A veces rompe los esquemas de la métrica habitual del haiku, pero las imágenes iluminan -como ese faro al que alude en el título- los pequeños claros del bosque de la vida corriente. ¡Y cuánta luz reflejan! Si parpadeo,
se ocultará en la grieta
la lagartija.
En el jardín,
tras el viento y la lluvia,
queda el perfume.
Qué pequeño es
ahora aquel cuarto grande
de mi niñez.
Leyendo esquelas
se va hundiendo el anciano
en el periódico.
Si yo pudiese
apagar el recuerdo,
vería la noche.
Hoy un destello,
un instante, mañana
seré una foto.
Aunque no estés
qué agradable tocar,
plegar tu ropa.
Ver las petunias
también es una parte
del desayuno ■
la ilustración del texto es de mi buen amigo pepe ruiz, de quien esperemos -pronto- ver su obra completa on-line




A medias entre la leyenda urbana y la realidad está la historia -terrible- de la prostituta que escribió a su cliente una dedicatoria con su lápiz de labios en el espejo de un lavabo de un hotel cinco estrellas, “AIDS,¡bienvenido al club!”. Hay gente que despechada por no poder curarse, odiando al mundo y a ellos mismos, sólo le queda el remedio de tomarse la triste venganza de contagiar su mal. Si no crees en nada ni en nadie, si la vida ha sido injusta con uno, ¿qué razón hay para que no corran otros la misma desgracia que yo?. En el libro Más grandes que el amor de Lapierre y Collins, se citan unos cuantos ejemplos que abrasan los ojos, para bien y para mal. No hace falta tener SIDA para contagiar todo lo que se mueve. Bajo la máscara de la moral, del arte y de la religión, ¡cuántos esfuerzos despliegan a diario corazones infectados para hacer contagioso su mal incurable!. Detrás de muchas leyes, de muchos guiones, de mucha literatura y de mucho cine hay mentes enfermas preocupadas en normalizar su podredumbre y su excepcionalidad. Pintores, filósofos, arquitectos, políticos, poetas, novelistas y cantantes que, además- ¡absurdo!- en lugar de inspirar compasión y asco, reciben alabanzas, premios y vítores. Mejor no citar nombres ilustres. Está bien que renuncien a su curación, probablemente no la tenga, pero su pureza sería negarse a difundir el mal. Pero, me temo, ya es tarde. En el espejo de muchos corazones ya está escrito “¡bienvenido al club!” ■
Cuenta la leyenda -estremecedora- que a la sibila de Delfos Apolo había prometido el obsequio de cumplir su mayor deseo: ella solicitó no morir nunca y también padeció los horrores de una senectud interminable, hasta que convertida en una suerte de grillo amojamado acabó como juguete de los niños. Los chavales la tenían encerrada en una jaulita, que zarandeaban gritando entre carcajadas: "Sibila...¿qué quieres?", y acercando el oído podían escuchar un chirrido estridente y agónico: "¡quiero morir, quiero morir!".



