Soñé que mi hermano Roberto, que
celebra sus primeros cincuenta, soñaba un sueño. En medio del sueño yo veía cómo Robert soñaba y se lamentaba de los trescientos sesenta y cinco días que hubo entre
sus cuarenta y nueve a sus cincuenta, y cómo se le habían ido como agua entre los
dedos. Había leído mucho, sí; pero leer no es todo. Había resuelto muchos casos
y hecho muchos de esos que los entendidos llaman litigios, pero eso es
prácticamente nada. Se entristecía Robert y se preguntaba a dónde se habían ido aquellos muchos días y por qué los
perdió. "carajo, como si estuviera uno de quince y ademas sobrado de vida como para
perderla" gruñó. Y en eso escuchó ruidos alegres, ahí en la cerrada de la
media luna, que lo hicieron despertar: reía su mujer, gritaban sus hijos, ladraban sus perros. Se dio
cuenta Rober que amaba a su mujer, y que amaba a sus hijos, y a sus perros, y
sus libros, y a la música y a éste hermano suyo. Y entonces comprendió, ya despierto, que el
año no se le fue en vano: oyó una voz dentro de sí. La voz le dijo que no
perdió sus días si en ellos puso amor. No supo Robert si esa voz era la voz de
Dios o era la suya, pero supo que era una voz verdadera, porque el amor es
siempre la mayor verdad. Termina el año, en efecto Rober amigo, se va ya, pero
es esa despedida una promesa de vida: otro año comenzará. Llegas a tus
cincuenta –que no son poca cosa- y bien despierto como estoy los celebro
contigo y gracias le doy a Dios, y no dejo de pedirle ¡que nos lleves a Sevilla, pinche cabrón! • AE
