Me contabas hace unos días los motivos –o el motivo
principal- de tu viaje hasta Canadá. Y me diste mucho qué pensar. Tienes un
corazón grande y generoso aunque, como a todos, a veces se te encoja porque
tienes –también como todos- el piquete envenenado del pecado original. No pasa nada. Not big deal. Peor es ir por la vida con complejo de redentor, como iba el santo marqués de peralta (pido perdón por mi resistencia a escribirlo con mayúsculas). Todo pasa y todo queda. Hoy
cumples años. Cuarenta y uno. Y yo me alegro contigo y por ti, y le doy gracias
a Dios y a la vida (y también a la gente de la cosa, por qué no; Dios se vale
hasta de lo malo para hacer el bien) por haber cruzado los caminos. Aún más,
doy gracias porque tengo un hermano -tú- para caminar acompañado el camino, o al
menos ésta parte del camino de la vida. Volteo hacia atrás y pongo atención al aqui y ahora, veo el momento en
el que estamos parados y me acuerdo de los (entrañables) versos de Machado:
Caminante, son tus huellas
el camino y nada más;
Caminante, no hay camino,
se hace camino al andar.
Al andar se hace el camino,
y al volver la vista atrás
se ve la senda que nunca
se ha de volver a pisar.
Caminante no hay camino
sino estelas en la mar.
Celebra éste año nuevo con los tuyos –¿existe una mejor compañía?- y guarda una certeza en tu corazón: éste hermano tuyo te quiere, te admira y hoy, ad altare Dei ad Deum qui laetificat juventutem meam, te recordará
con especial cariño ¡Feliz cumpleaños, José! ■ AE
