Hoy lo único que impulsa a mover ficha es precisamente el dinero. Hoy el dinero lo es todo. ¿Lo es todo? Comprar y vender. Con nuestra ambición materialista, hemos acotado el espacio de la libertad. Y con ello, queda reducida a una bana esperanza la posibilidad de la imaginación. También, la posibilidad de transcender a nuestros actos. Quizá por eso nos hemos convertido en seres presurosos. Agobiados con la rentabilidad de nuestro tiempo, sin saber muy bien en qué querríamos gastar el producto de esa rentabilidad. Y sin embargo, no hay mayor experiencia de libertad que la que se siente al lado de la ilusión. Ese tiempo en el que realizas algo sin sentir el peso de lo que vale, o de lo que por ello te van a dar. Lo haces porque simplemente te gusta, porque la sóla presencia de lo creado, es ya de por sí, un enorme tanto a recibir. Si perdemos la capacidad de proyectarnos, de mantener latente una ilusión, ¿hasta cuándo podremos aguantar sin rompernos? ■

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