Estaba ayer pensando en la poca cultura que tenemos de la ilusión. En la incapacidad de las personas para imaginar un proyecto que ambicione, entendiendo la ambición como esa ilusión por generar algo que vaya más allá de la propia idea de lo económico, incluso que va más allá de uno mismo. Ese algo que se crea, proyecta, y que transforma la realidad y se queda en ella. Que nos hace grandes y a la vez pequeños, porque seguirá cuando nosotros ya no estemos. El ser humano tiene la capacidad de desear, proyectar, imaginar... de ir a la búsqueda de un sueño. La apropiación debida de nuestro tiempo creador. De ese sueño que se desenmascara en la medida en que se mira el mundo, se anota y se subraya en el pensamiento. En la medida en que mi yo se me rebela, y me acerca verdaderamente a ese yo que soy y quiero ser. A la proyección de todo aquello que mi alma quiere llegar a hacer. Vivimos en una sociedad que es incapaz de enseñar la ilusión, de transmitirla, de acariciarla siquiera, una sociedad que no es capaz enseñar a permanecer en la espera; en esa latencia de lo que imaginado, aún está por venir. Y la espera es creativa, imaginativa y optimista...■

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