Playing Love (The Legend of 1900)


...es verdad: siempre hay alguien que saca lo mejor de nosotros mismos. 

Tú fuiste.....



Algunas cosas de la vida me cuestan mucho. Una es la muerte. Tengo claro que hay que prepararse a diario para aceptar esa putada en los demás y en mi. Porque la muerte es una putada.  Otra es la experiencia de aquellas horas o instantes de plenitud que uno tuvo, y a veces tiene, en el amor, o en la contemplación de la belleza, donde el cuerpo se funde en el alma y parece que sientes la eternidad. Y que dure tan poco, que sean tan efímeras, que no soportan el paso de los días o las pruebas. Que quedan en la memoria como un sueño que con el tiempo no sabes si realmente sucedió, o si sucedió de esa manera que uno recuerda. Ya sé que no por ser efímeras se les puede calificar de ilusorias. Sucedieron así, y vislumbramos el resplandor que anticipa a lo que realmente estamos llamados: a la eternidad. Nunca me he sentido más cerca de Dios que en esos momentos donde se cruzan alma y cuerpo, como aquel beso enamorado, o esos abrazos intensos que parece que quieres ser uno, y sólo uno, con esa persona. O cuando sientes que la musica te envuelve, atrapa y sobrecoge hasta hacerte llorar. No puedo menos que luchar contra el veneno del escepticismo que con los años intenta inocularme la idea “esto no puede durar”, o “ todo es mentira”.

Tú fuiste mi primer amor.
Tú me enseñaste a querer
No me enseñes a olvidar
Que no lo quiero aprender.

Por mucho que en el día a día nos arrastremos entre miserias y vanidad, ¿vas a olvidar las horas privilegiadas que has tenido en tu vida? Esa es mi lucha: permanecer fiel a las alegrías vividas y que desaparecieron, a la belleza entrevista en un frío amanecer como el de ayer domingo, un amanecer que se me ha escapado, otra vez. Quizás una forma de vivir estas cosas extraordinarias de la vida es sentirlas como un milagro. Llegó, lo palpamos, y pasó. Es la prueba de que el fuego es más que la ceniza, o que el vino más que el poso, los besos más que el rictus de una calavera y la eternidad más que el tiempo. Pero cuesta, vaya que sí ■ ae