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Internet es un universo virtual que tiende al infinito. La red se expande a velocidad de vértigo, y el ciberespacio no se llena jamás; se diría que no tiene límites. ¿Los tiene? Supongo que alguien sabrá cuántas webs, blogs o entes semejantes se crean en el mundo cada minuto y cuántas páginas abandonadas vagan por el éter ya sin piloto ni lectores, como chatarra espacial no reciclable. ¿Cuántos miles de millones de conversaciones hay ahora mismo en la red? ¿Cuántas declaraciones de amor, real o virtual? ¿Cuántas imágenes sucias o limpias? ¿Cuántas voces se cruzan? ¿Cuántas transacciones comerciales? ¿Cuántas estafas se están perpetrando en este instante? Ya nadie duda de que Internet es uno de los inventos más revolucionarios de la historia y el que más vértigo produce al que se asoma por primera vez o reflexiona sobre lo que tiene al alcance del teclado. “Si no estás en Google, no existes”, me dijeron, y no tardé mucho en comprender que no era una broma. Cuando colgué éste (mi pequeño) globo en la red, traté de imaginarme el espacio virtual como una gran ciudad, y me propuse ocupar sólo un barrio, un barrio por cierto de "gente razonable"; de poetas, de escritores, de buscadores de la verdad y amantes de la libertad. ae.

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