Hay muchas formas de vanidad, y nadie escapa a alguna de ella. En algunos es lo único que pueden exhibir, normalmente son cosas como coches, viajes, casas, restaurantes, modas, cosas, incluso una mujer que está muy buena y que se pasea con la misma arrogancia que último el BMW. Se adornan para andar por la vida como pavos reales con la cola bien extendida. Y no hay nada más. Tengo comprobado que este tipo de fatuos acostumbran a ser envidiosos y jodidamente retorcidos con la buena suerte de los demás. Incluso cuando uno no presta atención a esas cosas y no mata por ellas, no desaprovechan la oportunidad de morderte e inyectarte su propio veneno, por si pega. En mi caso no pega, y no por no ser vanidoso, que lo soy, sino porque esas vanidades de tonto nuevo rico no van conmigo. Las cosas sólo son eso, cosas, y no serán ellas las que me hagan más bobo. Con los años ese tipo de gente me producen un rechazo impulsivo que reprimo cuando el que es así no me queda más remedio que soportarlo. Mis vanidades van más dirigidas a ser querido que a ser envidiado, por eso escribo, canto, leo, voy al cine, cuento chistes y procuro vivir la vida que antes soñé. Mis vanidades tienen más que ver con mi cuerpo y mi manera de ser, no con las cosas. Con mi cuerpo porque siempre me gusté como soy, aunque cada vez menos ( el tiempo nos pone en nuestro sitio). Sé que no está bien esta vanidad mía pero, bueno, al menos es barata. Para la primera vanidad, la del altivo, el mejor antídoto es la soledad. Entonces se dará cuenta de lo pobre que es. Para la segunda, el buen humor y que se rían de uno de vez en cuando

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