cuerpo y espíritu. espíritu y cuerpo.

Quienes viven sin placer son peligrosos. El placer no es un aditamento, ni un ingrediente. No sólo nos reconforta o recompone, nos constituye. Su ausencia resulta una carencia, una falta, y de efectos contundentes. Sin él no sólo se amarga la vida, es que deja de serlo. Por eso es sorprendente que se identifique torpemente con cualquier gusto o sensación más o menos agradable. No es suficiente asociarlo con necesidades y menos aún con su satisfacción. Aunque no se excluye, lo decisivo del placer es que resulta del desplazamiento de uno y es una relación con algo del otro. Amar es también desear el placer del otro, buscarlo, crear las condiciones para que se procure. La voluntad de dar con él, saborearlo, es un modo de saber del otro, un modo de preguntarse por quién es él o ella (...) Quienes carecen de placer resultan resentidos y tienen una irrefrenable tendencia a considerar superficiales y frívolos a quienes lo sienten, y su ausencia de placer es falta de esa alegría que es el enigma de la búsqueda. No esperar ni desear hace que los satisfechos acostumbren a ser insatisfechos resignados. Pero el placer, como el deseo, no es ni una tendencia ni un resultado, ni irrumpe tras la búsqueda de algo concreto. Es más una apertura que una cerrazón. No se trata de una recompensa, ni del mero resultado de un esfuerzo, ni de la retribución de un acto, ni de un bienestar alcanzado. (...) Ciertamente, las dificultades del vivir hacen que haya quienes no están en condiciones de poder disfrutarlo, pero no deja de ser lamentable que algunos no sepan que el placer también perfila el espíritu y hace salir de sí hacia el otro, hacia el otro y su misterio. Buscar su placer es un modo extraordinario de encontrarse con alguien. Y de dignificar la existencia. El placer puede ser sencillamente una donación El autor de estos párrafos es Angel Gabilondo, fueron publicados en un revista mensual; Psychologies.
Con el tiempo se aprende que las personas realmente admirables, los héroes anónimos, los santos que andan junto a nosotros a diario, lo son por sus defectos, además de que no hacen ruido. Las personas que sólo tienen cualidades son mediocres, además son aburridas: la suma de actos perfectos no hace un hombre perfecto. No sé, pero me da la sisca -que dice mi amigo Miguel- que éso de ir de santo por la vida tiene que ser muy complicado. Después de visitar ciertas casas durante años, uno entiende que todo eso tan pulcro, tan perfecto no hacen más que demostrar pequeñez, vanidad y hasta un poquitin de histeria. Cada dia me convenzo más de que los defectos de las personas, muchas veces, son su tesoro. Como las ostras con perlas: sus defecto son su tesoro. Si le quitas a la ostra su defecto te quedas sin perla. Y lo mismo sucede con estos santos tan santos, esos políticos tan honestos y llenos de vacío, o esos prohombres que no son más que apariencia. Y con el tiempo aprendes que no, que naranjas de la China, que a otro perro con ese hueso.
Robert Spaemann es un pensador, un filósofo, que en su día fue un hallazgo para mi. Un día leí de él ¿Quién es un hombre culto?,y dio las siguientes claves, que de vez en cuando uso de plantilla para ver qué tal voy. 1.Es culto quien está interesado en qué aspecto presenta el mundo desde otros ojos y quien ha aprendido a ampliar de ese modo el propio campo visual. Pregúntate qué periódicos lees, qué emisoras escuchas, qué blogs visitas, qué libros lees... 2. El hombre culto sabe que él es solamente “uno más”. No se toma a sí mismo muy en serio ni se considera muy importante. No se valora comparándose con otros y a la vez tiene una acusada percepción de su propio valor creyéndose don Necesario Superimportante. 3. El saber del hombre culto está estructurado. Lo que sabe tiene una trabazón interna. Y, cuando no la tiene, él trata de crearla o, al menos, de entender por qué es tan difícil conseguirla. Esto para mi es asunto difícil, tener una cabeza ordenada y amueblada. 4. El hombre culto habla un lenguaje cotidiano bien diferenciado y rico en matices. Es entendido por todos. No necesita usar términos científicos como muletas para orientarse en la vida y para entenderse con los demás. No farolea. Nunca. 5. El hombre culto se distingue por su capacidad de disfrutar de las cosas y por distanciarse del consumismo. Quien puede gozar realmente de lo que la realidad le ofrece, no necesita mucho de ella. Y quien se conforma con poco, tiene la mayor seguridad de que raramente le faltará de nada. 6. El hombre culto puede identificarse con algo sin ser un ingenuo o un ciego. Puede identificarse con amigos sin negar sus errores. Puede amar a su patria sin despreciar las patrias de los demás. Ve lo ajeno como un enriquecimiento sin el que no le gustaría vivir pero en lo ajeno no ve una razón para avergonzarse de lo propio. La continuidad biológica no es para él una condición de identificación. 7. El hombre culto puede admirar y entusiasmarse sin miedo a perder la dignidad por ello. Puede admirar sin envidia y puede alegrarse de excelencias que él no posee. No teme caer en ninguna clase de dependencia debido al agradecimiento. Es más, ni siquiera tiene algo en contra de depender de personas en las que confía. Prefiere correr el riesgo de que sus amigos lo decepcionen a la bajeza de desconfiar de ellos. 8. El hombre culto no teme hacer valoraciones y considera los juicios de valor como algo más que la expresión de estados de ánimo subjetivos. Reivindica para sus propios juicios de valor validez objetiva y, precisamente por eso, está dispuesto también a corregirlos. Sabe que hay obras de arte más cargadas de significado que otras y que hay personas mejores que otras. 9. El hombre culto sabe que la cultura no es lo más importante. Sabe que un hombre culto puede perfectamente llegar a ser un traidor. Es más, sabe que la distancia interna que lo distingue hace que la traición le resulte más fácil que a otras personas. Por otro lado, sabe también que alguien puede ser un hombre ruin o un pillo redomado y en el momento decisivo conservar la decencia. 10. Hay un punto en el que ser culto y ser bueno coinciden de modo plenamente natural y no forzado: en que un hombre culto ama la amistad y, sobre todo, la amistad con otros hombres cultos. En general, gozan más que otros y por eso —con independencia de las casualidades de la estimación social— vale la pena ser un hombre culto.
Hay muchas formas de vanidad, y nadie escapa a alguna de ella. En algunos es lo único que pueden exhibir, normalmente son cosas como coches, viajes, casas, restaurantes, modas, cosas, incluso una mujer que está muy buena y que se pasea con la misma arrogancia que último el BMW. Se adornan para andar por la vida como pavos reales con la cola bien extendida. Y no hay nada más. Tengo comprobado que este tipo de fatuos acostumbran a ser envidiosos y jodidamente retorcidos con la buena suerte de los demás. Incluso cuando uno no presta atención a esas cosas y no mata por ellas, no desaprovechan la oportunidad de morderte e inyectarte su propio veneno, por si pega. En mi caso no pega, y no por no ser vanidoso, que lo soy, sino porque esas vanidades de tonto nuevo rico no van conmigo. Las cosas sólo son eso, cosas, y no serán ellas las que me hagan más bobo. Con los años ese tipo de gente me producen un rechazo impulsivo que reprimo cuando el que es así no me queda más remedio que soportarlo. Mis vanidades van más dirigidas a ser querido que a ser envidiado, por eso escribo, canto, leo, voy al cine, cuento chistes y procuro vivir la vida que antes soñé. Mis vanidades tienen más que ver con mi cuerpo y mi manera de ser, no con las cosas. Con mi cuerpo porque siempre me gusté como soy, aunque cada vez menos ( el tiempo nos pone en nuestro sitio). Sé que no está bien esta vanidad mía pero, bueno, al menos es barata. Para la primera vanidad, la del altivo, el mejor antídoto es la soledad. Entonces se dará cuenta de lo pobre que es. Para la segunda, el buen humor y que se rían de uno de vez en cuando