A veces es el cansancio, otras es el olvido, otras la rutina de todos los días. A veces no se puede más. Y todos, todos intentamos responder a lo mismo. A las mismas cuestiones. Y nos enfrentamos a las mismas penas. A los mismos deseos. A los mismos desencuentros. Lo único diferente son los ojos. Lo demás es tan igual... tan exactamente igual. Quieto o en movimiento, el dolor es el mismo. Ni estás mejor ni peor. Con la gente con la que tropiezas, es tan igual, ese dolor. Y hoy, hoy... la mirada se ha dejado vencer. Sólo es una pequeña derrota. No importa su pequeñez, es cierto, pero ha vencido. Y hoy decido caer profunda en el sueño, envuelto en mi derrota, en la de hoy. En mi laberinto. En el laberinto que es también de todos. Y se también, que me levantaré con mi canto. Mi canto, porque me levanto. Sabio Sabina. Viviendo, que estamos ■ ae

¿inventar?

Chejov, el gran maestro del relato corto, en 99 consejos para escritores, le escribe a su hermano: «¿Dónde has visto cónyuges como los de tu relato, que discurren conferencias durante la comida?. Y ¿cuándo se han celebrado sobre la faz de la tierra semejantes conferencias? Ten respeto por ti mismo, en el nombre de Cristo, y no dejes correr la pluma cuando tu cabeza esté cansada. No escribas más de dos cuentos por semana, acórtalos y reelabóralos para que la obra quede bien. No inventes sufrimientos que no has experimentado, no describas paisajes que no has visto, ya que en un cuento la mentira resulta más molesta que en una conversación. Recuerda a cada momento que tu pluma y tu talento te serán de mayor utilidad en el futuro que ahora, así que no los profanes... Escribe y vigila cada línea para no cometer errores». Éste consejo se pueda aplicar muchas situaciones en la vida. Hay gente que no se respeta, o porque vive en un mundo de fantasía, o porque vive en la mentira. Los primeros son los que hablan de oídas, basados en lecturas que no han escrito, en episodios que otros les han contado. Repiten como loros consignas, lemas o consejos de temas que no saben a qué huelen, o qué colores tienen, qué matices, qué alegrías o qué sufrimientos. Hablan de oración, y no saben qué es rezar. Cosifican la santidad en cuadrículas -¡cuándo no hay nadie más libre que un santo!. Pontifican sobre el amor, y no conocen el temblor de un beso, la taquicardía de una mirada, el olor de un cuerpo enamorado, la aventura de comenzar una vida juntos, el dolor a veces....Hablan de trabajo, y sudan ni sudarán en su vida. Los segundos son los que están de vuelta de todo, los cínicos, que saben el valor de las cosas, lo heroíco de muchas personas de bien, pero las desprecian y fuerzan para usarlas en beneficio propio. Ten respeto por ti mismo.. Y por los demás....Y me lo aconsejo a mi mismo (que también lo necesito) ■