Cuando uno se va haciendo viejo y mira hacia atrás, se sorprende de los hechos y momentos que recuerda. Quizá, en verdad, uno haya quedado alguna vez impactado por lo sublime, pero la mayoría de las veces son momentos triviales los que se le han quedado grabados. No hay leyes para los recuerdos. No existe la gran sorpresa en ellos, no son heroicos ni relevantes. Parece como si lo que los ha hecho perdurar en la memoria hubiera sido su virtualidad de mitificación o su acoplamiento a nuestra concepción de la vida. Es curioso: no recuerdo especialmente a los profesores que mantuvieron la ley y el orden, o impusieron disciplina sin desmayo, y sí aquellos que bromeaban por los pasillos. Aún más: cuando al cabo de los años los recuerdos se hacen más vivos, la certeza de que quienes más han influido son aquellos que pusieron cariño y ternura ■ ae

No hay comentarios: