Aunque al principio no fue así, durante siglos para los cristianos la naturaleza se intuía como algo pagano, casi diabólico, estaba bajo sospecha. Lo exterior es el enemigo, es un dios falso que se puede idolatrar olvidando lo importante. Petrarca en un famoso texto autobiográfico de la ascensión al monte Ventoux, cuya belleza le sobrecoge, afirma casi en extasis «Mientras contemplaba estas cosas en detalle y me deleitaba en los aspectos terrenales un momento, para en el siguiente elevar, a ejemplo del cuerpo, mi espíritu a regiones superiores, se me ocurrió consultar el libro de las Confesiones de Agustín...Lo abro para leer cualquier cosa que salga al paso... Mi hermano, que permanecía expectante para escuchar a Agustín por mi boca, era todo oídos. Dios sea testigo y mi propio hermano que allí estaba presente, que en lo primero donde se detuvieron mis ojos estaba escrito: “Y fueron los hombres a admirar las cumbres de las montañas y el flujo enorme de los mares y los anchos cauces de los ríos y la inmensidad del océano y la órbita de las estrellas y olvidaron mirarse a sí mismos”. Me quedé estupefacto, lo confieso, y rogando a mi hermano, que deseaba que siguiera leyendo, que no me molestara, cerré el libro, enfadado conmigo mismo, porque incluso entonces había estado admirando las cosas terrenales, yo que ya para entonces debía haber aprendido de los propios filósofos paganos que no hay ninguna cosa que sea admirable fuera del espíritu, ante cuya grandeza nada es grande». La Naturaleza le asusta. Y con razón: la Naturaleza no es que asuste, es que realmente puede llegar a aterrar. Mientras, en el concepto islámico la naturaleza es la representación terrenal del paraíso que el Corán promete a sus fieles: el eje central son fuentes o largas acequias por donde fluye el agua a través de surtidores, flanqueadas por árboles frutales. Los jardines de la Alhambra y el Generalife en Granada y el Patio de los Naranjos son ejemplos de este tipo de jardines. Por esta misma época también había surgido en China el arte de la jardinería, pero con una concepción muy diferente: la visión de un jardín como lugar de aislamiento y contemplación de los elementos naturales, la tierra y el agua. Principios fundamentales en el taoísmo. Un amigo arquitecto definía la arquitectura como la búsqueda de la armonía entre el paisaje, que es agua, viento, frío, lluvia, sol, nubes...algo ilimitado y sin control por parte del hombre, y el orden que el hombre necesita para dominar ese caos y hacerlo habitable. Una de los hallazgos de la arquitectura es el jardín. El jardín es la naturaleza domesticada. El Paraíso. Pero eso no le basta. Hay algo en los jardines que atrae lo peor del hombre: las grutas, los senderos misteriosos, los oscuros. La Naturaleza también como amenaza. Nos gusta sentir los terrores de la infancia y tenerlos cerca. Los laberintos, ¿quién puede olvidar el de El Resplador, o el de La Huella?, inquietantes, amenazadores, turbadores y parábolas de la locura? Y desde luego una llamada al fauno que todos llevamos dentro ■ ae

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