A mi me ha ido bien, y allá va mi consejo. Siempre he sido muy poco indulgente conmigo mismo. Normalmente la gente es muy severa a la hora de juzgar a los demás y muy tiernamente indulgente a la hora de juzgarse a ella misma. Parece que a pocos les gusta identificarse con los actos más bajos, mediocres y ridículos de su vida. Piensan que hay una densidad en su interior que sus actos no agotan, que son cosas que pasan y que pueden hacer actos mejores. En cambio a los demás los juzgamos sólo por sus actos, en ellos si agotan toda su personalidad cuando nos extrañan y decepcionan. Los confundimos con la persona: el envidioso es envidia, el vicioso es vicio. Mis actos son accidentes, los de los demás sustancia. No sé la razón, quizás el poso de la Cosa que anida en mi primera formación, pero nunca me he acabado de gustar. Me he dado pena, mirándome dentro, con frecuencia lástima y, a veces, asco. Y me ha ido bien, porque la única manera de volver a empezar de verdad es sintiendo desarado por lo que no nos gusta de nosotros. Sin excusas. Las cosas pasan, y no es bueno mirar por el retrovisor. Pero para que pasen y se olviden no hay mejor camino que el reconocerse perdido, en la indigencia y echar a andar. En alguna senda de este mundo alguien está echándose a andar: ¡suerte amigo!,¡te irá bien! ■
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