Si después de todo no hay nada más allá de la muerte, si todo empeño es inútil y todo esfuerzo baldío, sirviendo en el más afortunado de los casos para dejar una memoria de sí mismo que durará algunos milenios, lo mejor será vivir apaciblemente, sin desear nada ni pretender nada, dejarse vivir como se deja que pasen las nubes suavemente, silenciosamente, sintiendo la brisa ligeramente cálida del existir, el placer simple y natural de respirar, descansar o dormir, la sencilla maravilla de ver la luz y los colores o tocar las cosas y sentir los perfumes. Y a los otros, verlos como se mira al paisaje, un paisaje de almas, dejándolos ser como se deja ser al árbol al que no se quiere talar. Amigos en amable compañía pasajera, como el que se sienta al lado en un banco, el banco de la vida que transcurre lentamente. Todo afán nos priva del vivir, del vivir en sí mismo que se percibe ociosamente, sintiendo lo más cotidiano. La paz del alma, la paz de existir sin dolor ni necesidad, la paz de dejase vivir y morir como el día. Vivir sin esfuerzo y morir con dulce abandono. Combatir sólo el dolor ■
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