Por aguas trasparentes de increíble color turquesa voy nadando en superficie mirando el fondo del mar. Un paisaje subacuático de gran belleza se aparece. Pirueta abajo y me sumerjo. Unas rocas blanquecinas se elevan sobre un arenal inmaculadamente blanco; un banco de diminutos pececillos nada lentamente alrededor de las rocas. Me acerco y me miran todos a la vez, sincronizados, como si de un único ser se tratase, quizás sorprendidos, como si un dios hubiese penetrado en su mundo. Es tal la luz que hay en el agua que parece realmente una atmósfera sólo algo más densa que la exterior. Miro arriba y la superficie es un espejo brillante que no deja ver afuera. Siento, por un momento, lo mismo que debe sentir un pez en este sosegado mundo submarino, ignorante del mundo que transcurre más allá de ese espejo brillante que le limita: mundo para el que no está hecho. Y pienso en el hombre, y me pregunto si ese maravillosos cielo azul es también su frontera. Pero lo mismo que el pez, que a veces salta fuera del agua y se asoma a nuestro mundo, también nosotros sabemos saltar en la noche para mirar las estrellas y la oscura distancia. Tampoco ahí, en esa noche eterna sembrada de estrellas, podemos vivir nosotros, ni podría vivir nadie. No, el cielo azul no es la frontera; son las estrellas, todas las estrellas en el cielo negro, la verdadera frontera. Mas, !que salto tan inmenso para el hombre! ¿Quien podría darlo? Y sin embargo dicen que más allá hay otro mundo y que un dios desde allí se sumergió una vez en la Tierra. Y dicen también que se puede vivir intensamente feliz al lado de aquel dios extraordinario. No sé, yo me pregunto si el pez es feliz viviendo en su pecera al lado del hombre… El aire se me acaba, no estoy en mi mundo, tengo que volver. Yo sólo sé respirar en la tierra, y como el pez en su mundo bajo el mar, soy feliz a mi manera en mi mundo bajo las estrellas ■ ae

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