Pienso que las cosas, tal y como las conocemos, son pura realidad. Son objetivas. No soy un reloj cuando tengo un reloj. Sí en cambio si ése reloj tiene un significado, un valor sentimental, entonces, sí soy ese reloj. Me trae recuerdos que me hacen sentir. De alguna manera yo soy sentimiento que puede alumbrar la oscuridad fría del mundo. De todo el mundo. Cuanto menos significado tiene el mundo para nosotros, más oscuro será, más objetivo, más frío, más inhóspito. Por eso creo que es tan importante educar en los sentimientos y para eso hay que enseñar a leer, a escribir, a entender la música, el arte, el cine...Hay que aprender a mirar al feto como algo más que un cigoto, o a los ancianos como algo más que un miembro inútil. ¡Es la vida! La sociedad quiere hacernos señores y señoras “objetivos”, que miran cosas y las comprenden “a su manera”. La verdad es que no somos dueños de los sentimientos: somos sus víctima o sus beneficiarios. Lo hemos intentado todo, pero ninguno puede saber cuándo se enamora, y las consecuencias de esa locura que llamamos amor (me refiero al de verdad), cómo calmar la ira, aliviar la angustia, huir del aburrimiento o encender la alegría. ¡Y mira que lo hemos intentado! Pero podemos encauzarlos, dominarlos, darles su medida, para que no acabemos en el lado contrario, que seamos como esos neuróticos que lloran por la caída de una hoja en el otoño. De allí que defienda con todas mis fuerzas la madurez como el dominio de los sentimientos, para no dejarnos arrastrar por ese río desbocado que son los afectos, las pasiones, las sensiblerías, las sensaciones ■ ae

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