de catorces de febreros y cosas mejores

Cuando uno se encuentra con una belleza inesperada es inevitable evocar a Dios. “¡Dios mío! Cuánta belleza...", exclama el poeta Castro Alves, y con él todos los poetas. Hace unos días me sucedió al salir de casa y encontrarme con un amanecer de ésos que quitan el aliento; o ayer cuando una queridisma amiga me enviaron la foto que encabeza éstas líneas. "¡Olé con la reina", pensé. Cuando decimos “Olé” estamos hablando de Dios. ¡Olé! -dice el Diccionario de la Real Academia- proviene del árabe Wa-(a)llah ("¡Por Dios!" -la lengua árabe carece de la vocal "e" y, en ocasiones, la "a" suena parecido a "e"). Y es una exclamación de entusiasmo ante una belleza (o alegría) sorprendente o "excesiva" Ante la belleza celebramos a Dios. Esto nos viene de los árabes, que son los campeones en eso de invocar a Dios. Por ejemplo, Wa-sa Allah que significa “y quiera Dios”, y que nosotros derivamos en Ojalá. Nuestro grito de entusiasmo ante lo fantástico, ya sea un golazo imposible, un baile fantástico, una canción maravillosa, la casa de rac y su mujer, un libro, una mujer que hasta los perros y los gatos se dan la vuelta para verla, es el repetidísimo “¡Halaaaaa!”. “¡Hala, qué puesta de sol!”, “hala, qué faena le ha hecho al toro!”,”¡hala que chica!”...son expresiones que remiten a Dios... Allah!, Ya Allah! Smallah! (¡Dios! ¡Oh Dios! ¡En nombre de Dios!) . Dios nos da la poesía para contemplar la obra de arte en lo que nos rodea, las cosas son algo más que lo que vemos. Y también a partir de una piedra se puede reconocer a Dios, el Creador, el Artista. Por éso pensé -y aqui lo escribo- que un buen regalo para el día de los enamorados podría ser una de esas figuras de toreros que venden en los tianguis o tiendas de artesanías, para ponerla, no sé, en la sala o encima de la televisión...aunque corramos el riesgo de que los demás no lo entiendan y nos digan nacos ■ ae

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