Con el año nuevo me he propuesto poner un poco de orden en mis lecturas, o al menos intentarlo. Mis lagunas literarias son inmensas, algunas. Otras son más bien pequeños charcos que entorpecen el camino y me obligan muchas veces a dar grandes rodeos para llegar hasta donde quería. Y eso si llego. Siempre me he preguntado con curiosidad qué orden han seguido -si han seguido alguno- los buenos lectores antes de llegar a serlo. O por ponerlo de otra manera: ¿han llegado a ser buenos lectores porque el azar les puso delante grandes obras que ellos supieron aprovechar o por el contrario algo así como una platónica reminisencia les empujaba a elegir bien sus lecturas? En los últimos años he visto de todo: gente que afirma que sus lecturas las han guiado los propios libros proponiéndoles un sólido mundo intertextual y gente que lee prácticamente todo lo que cae en sus manos y, aún así, es capaz de valorar lo que merece la pena y lo que no. Y eso sin contar con las dificultades propias que conlleva lograr una lectura provechosa y las limitaciones de tiempo. A veces me encuentro libros que piden una relectura infinita. Otros en cambio exigen un diálogo con otras obras que resultaría igualmente ilimitado. Todo esto daba vueltas a mi cabeza mientras preparaba mi "lista de libros". Al fin he optado por un criterio histórico. Comenzar por el comienzo. Autores latinos. Y seguir la cadena. Con suerte llegaré a viejo más o menos a la altura del renacimiento. No será mala idea a esas alturas darle vuelta a la idea de renacer, y por un acaso, una visita anticipada al Cielo, el Purgatorio y el Infierno, antes de que se acabe el tiempo para estrenar mi personal comedia ■ ae

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