Con el año nuevo me he propuesto poner un poco de orden en mis lecturas, o al menos intentarlo. Mis lagunas literarias son inmensas, algunas. Otras son más bien pequeños charcos que entorpecen el camino y me obligan muchas veces a dar grandes rodeos para llegar hasta donde quería. Y eso si llego. Siempre me he preguntado con curiosidad qué orden han seguido -si han seguido alguno- los buenos lectores antes de llegar a serlo. O por ponerlo de otra manera: ¿han llegado a ser buenos lectores porque el azar les puso delante grandes obras que ellos supieron aprovechar o por el contrario algo así como una platónica reminisencia les empujaba a elegir bien sus lecturas? En los últimos años he visto de todo: gente que afirma que sus lecturas las han guiado los propios libros proponiéndoles un sólido mundo intertextual y gente que lee prácticamente todo lo que cae en sus manos y, aún así, es capaz de valorar lo que merece la pena y lo que no. Y eso sin contar con las dificultades propias que conlleva lograr una lectura provechosa y las limitaciones de tiempo. A veces me encuentro libros que piden una relectura infinita. Otros en cambio exigen un diálogo con otras obras que resultaría igualmente ilimitado. Todo esto daba vueltas a mi cabeza mientras preparaba mi "lista de libros". Al fin he optado por un criterio histórico. Comenzar por el comienzo. Autores latinos. Y seguir la cadena. Con suerte llegaré a viejo más o menos a la altura del renacimiento. No será mala idea a esas alturas darle vuelta a la idea de renacer, y por un acaso, una visita anticipada al Cielo, el Purgatorio y el Infierno, antes de que se acabe el tiempo para estrenar mi personal comedia ■ ae
Sé que en algún lugar del mundo, existe una rosa única, distinta de todas las demás rosas, una cuya delicadeza, candor e inocencia, harán despertar de su letargo a mi alma, mi corazón y mis riñones. A esa rosa, donde quiera que esté, dedico este trabajo, con la esperanza de hallarla algún día, o de dejarme hallar por ella. Existe... rodeada de amapolas multicolores, filtrando todo lo bello a través de sus ojos aperlados, cristalinos y absolutamente hermosos ■ Antoine de St. Exupery, Le Petit Prince.
Uno no encuentra lo que busca, sino lo que la realidad le entrega. Cuando el peso de las amnesias y la crudeza de tantos dolores parecen abultar el peso de los días y de las horas, tenemos siempre el privilegio de refugiarnos en los libros, en la música y hasta en el café; en esos momentos que nos han acompañado en silencio a lo largo del tiempo. Cuando necesito confirmar que no estoy solo en mis empeños que parecen vanos tengo a la mano la literatura que se esconde en los libros y en los pequeños milagros que se encierran en la mirada de los amigos, sobre todo en los que uno vuelve a encontrar pasados unos pocos años, tampoco muchos. Tengo a la mano la lluvia de todos los días, el sueño y los insomnios, la música de las mañanas -Satie- y los libros. Tengo próximos y prójimos y, a pesar de las distancias, me quedas tú ■

El que yo esté en la página no es mío

puede ser tú muy bien y en paz quedamos,

solo un menudo abismo nos separa.

Quién sabe qué tal vez quizás la lámpara,

pero su luz en tí y en mí es la misma,

que esté siempre encendida es lo que importa ■
para Manu
Basta una mirada para sentirse incriminado por una falta para sentirse incriminado por una falta que considerábamos nimia o desdeñable y con tan solo una mirada podemos sentir el hálito reconfortante del verdadero amor. Una sola mirada puede volverse flamígera y condenatoria o verífica ventana de lo íntimo. Es cierto que la realidad se trastoca y redefine de acuerdo a la mirada que le apliquemos: la desoladora imagen de una habitación puede verse como un lugar más, entre muchos, donde uno puede incluso intentar descansar o dormir; el ruinoso paisaje de la ciudad de México bajo una lluvia gris de sábado por la noche saliendo de un café puede verse como un mural viviente de la melancolía multiplicada, el rostro de todos los dias puede mirarse como una condena insalvable o como una esperanza que se renueva cada veinticuatro horas ■ ae

Dice mi amigo Suso que hay un tipo de persona que a uno le da miedo: el tipo que desprecia la vida cuando ve gente buena, personas ejemplares, vidas limpias... y no porque no se lo crea, sino porque se lo cree y le fastidia su contemplación. Está harto del bien, de la belleza, de la entrega de otras personas a los demás. No está cansado del mal, está cansado del bien. Probablemente alguna vez en su vida lo hizo y creyó en esos ideales que ahora mira con cinismo y distancia. Es, quizás, la peor desesperación. No es una desesperación que nace del cansancio del sufrimiento, sino del cansancio de la alegría. Y eso es muy peligroso. Es gente envenenada y que envenena. Nosotros envejecemos con nuestros pecados, algunos pecados nos arrugan siendo jóvenes hasta más allá del siglo. Y el alma se marchita con nosotros. Se va muriendo el chaval que había en nosotros, su inocencia, su alegría, su generosidad...hasta caer en un escepticismo caduco, deteriorado y triste. A mi es lo que más miedo me da. Sólo Dios, que es un Niño Grandón que crea las cosas con la Alegría de los niños, puede hacernos volver a ése otro que fuimos. O un amor que nos haga otros.





RIDICULUS ACRI FORTIUS ET MELIUS MAGNAS PLERUMQUE SECAT RES

(A menudo el humor zanja mejor y más tajantemente que la severidad las cuestiones serias) Horacio:Sátiras,I,X,14