Sé que en algún lugar del mundo, existe una rosa única, distinta de todas las demás rosas, una cuya delicadeza, candor e inocencia, harán despertar de su letargo a mi alma, mi corazón y mis riñones. A esa rosa, donde quiera que esté, dedico este trabajo, con la esperanza de hallarla algún día, o de dejarme hallar por ella. Existe... rodeada de amapolas multicolores, filtrando todo lo bello a través de sus ojos aperlados, cristalinos y absolutamente hermosos ■ Antoine de St. Exupery, Le Petit Prince. Uno no encuentra lo que busca, sino lo que la realidad le entrega. Cuando el peso de las amnesias y la crudeza de tantos dolores parecen abultar el peso de los días y de las horas, tenemos siempre el privilegio de refugiarnos en los libros, en la música y hasta en el café; en esos momentos que nos han acompañado en silencio a lo largo del tiempo. Cuando necesito confirmar que no estoy solo en mis empeños que parecen vanos tengo a la mano la literatura que se esconde en los libros y en los pequeños milagros que se encierran en la mirada de los amigos, sobre todo en los que uno vuelve a encontrar pasados unos pocos años, tampoco muchos. Tengo a la mano la lluvia de todos los días, el sueño y los insomnios, la música de las mañanas -Satie- y los libros. Tengo próximos y prójimos y, a pesar de las distancias, me quedas tú ■
Basta una mirada para sentirse incriminado por una falta para sentirse incriminado por una falta que considerábamos nimia o desdeñable y con tan solo una mirada podemos sentir el hálito reconfortante del verdadero amor. Una sola mirada puede volverse flamígera y condenatoria o verífica ventana de lo íntimo. Es cierto que la realidad se trastoca y redefine de acuerdo a la mirada que le apliquemos: la desoladora imagen de una habitación puede verse como un lugar más, entre muchos, donde uno puede incluso intentar descansar o dormir; el ruinoso paisaje de la ciudad de México bajo una lluvia gris de sábado por la noche saliendo de un café puede verse como un mural viviente de la melancolía multiplicada, el rostro de todos los dias puede mirarse como una condena insalvable o como una esperanza que se renueva cada veinticuatro horas ■ ae
Dice mi amigo Suso que hay un tipo de persona que a uno le da miedo: el tipo que desprecia la vida cuando ve gente buena, personas ejemplares, vidas limpias... y no porque no se lo crea, sino porque se lo cree y le fastidia su contemplación. Está harto del bien, de la belleza, de la entrega de otras personas a los demás. No está cansado del mal, está cansado del bien. Probablemente alguna vez en su vida lo hizo y creyó en esos ideales que ahora mira con cinismo y distancia. Es, quizás, la peor desesperación. No es una desesperación que nace del cansancio del sufrimiento, sino del cansancio de la alegría. Y eso es muy peligroso. Es gente envenenada y que envenena. Nosotros envejecemos con nuestros pecados, algunos pecados nos arrugan siendo jóvenes hasta más allá del siglo. Y el alma se marchita con nosotros. Se va muriendo el chaval que había en nosotros, su inocencia, su alegría, su generosidad...hasta caer en un escepticismo caduco, deteriorado y triste. A mi es lo que más miedo me da. Sólo Dios, que es un Niño Grandón que crea las cosas con la Alegría de los niños, puede hacernos volver a ése otro que fuimos. O un amor que nos haga otros.
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