Me cuenta un amigo que en los pueblos de alrededor donde él vive se conserva la costumbre en la víspera del 2 de noviembre de dejar la puerta de la casa abierta y en una mesa poner unos panes, y unas flores y hasta una botella de vino. Existe la creencia de que esa noche los difuntos tienen permiso para darse una vuelta por la casa de su vida y de sus amores. Como con la víspera de los Reyes Magos. Me gustó la idea. A algunos nos gusta mucho éso del realismo mágico. Y resulta fascinante pensar que esa noche gente que nos quiso se pueda pasar por casa y comerse algo . Y que se dé una vuelta por esos pasillos, por esas habitaciones, que se siente en el sofá que durante tantos años fue su sofá. Que se asome al álbum de fotos y les eche un vistazo. O que compruebe los cambios que se han hecho gracias a que nos dejó, porque con él era imposible, tan apegado estaba a su mundo. Y que escuche la pequeña música doméstica que sin darnos cuenta nos acompaña a diario. Seguro que ellos la añoran: el sonido de esa manera de andar, los carraspeos de alguien, el zumbido de la nevera, la respiración de los que duermen, los crujidos de las cosas… Prefiero esa manera de celebrar que la asistencia mecánica anual a una tumba donde no hay nadie: sólo despojos. Donde es seguro que están es en nuestra casa, en nuestros corazones y en nuestro recuerdo que se hace oración o no. Pero no en el cementerio. En mi casa no podemos poner nada porque aquí todavía no se ha muerto nadie- aunque ya he dejado aviso a Morales de que cuando me toque se me ponga media libra de Breakfast Blend (de Starbucks Coffee, naturalmente) unos cubitos de hielo y una botella de Bayleys. Desde éste nuevo espacio invito a todos los difuntos a que se pasen por casa la víspera del 2 de noviembre: la nevera estará repleta y dejaremos todo tipo de bebidas encima de la mesa. Habrá una hueco abierto en una ventana y por allí pueden entrar. Ya sabemos que no sois ni gordos ni flacos ■ ae
Me cuenta un amigo que en los pueblos de alrededor donde él vive se conserva la costumbre en la víspera del 2 de noviembre de dejar la puerta de la casa abierta y en una mesa poner unos panes, y unas flores y hasta una botella de vino. Existe la creencia de que esa noche los difuntos tienen permiso para darse una vuelta por la casa de su vida y de sus amores. Como con la víspera de los Reyes Magos. Me gustó la idea. A algunos nos gusta mucho éso del realismo mágico. Y resulta fascinante pensar que esa noche gente que nos quiso se pueda pasar por casa y comerse algo . Y que se dé una vuelta por esos pasillos, por esas habitaciones, que se siente en el sofá que durante tantos años fue su sofá. Que se asome al álbum de fotos y les eche un vistazo. O que compruebe los cambios que se han hecho gracias a que nos dejó, porque con él era imposible, tan apegado estaba a su mundo. Y que escuche la pequeña música doméstica que sin darnos cuenta nos acompaña a diario. Seguro que ellos la añoran: el sonido de esa manera de andar, los carraspeos de alguien, el zumbido de la nevera, la respiración de los que duermen, los crujidos de las cosas… Prefiero esa manera de celebrar que la asistencia mecánica anual a una tumba donde no hay nadie: sólo despojos. Donde es seguro que están es en nuestra casa, en nuestros corazones y en nuestro recuerdo que se hace oración o no. Pero no en el cementerio. En mi casa no podemos poner nada porque aquí todavía no se ha muerto nadie- aunque ya he dejado aviso a Morales de que cuando me toque se me ponga media libra de Breakfast Blend (de Starbucks Coffee, naturalmente) unos cubitos de hielo y una botella de Bayleys. Desde éste nuevo espacio invito a todos los difuntos a que se pasen por casa la víspera del 2 de noviembre: la nevera estará repleta y dejaremos todo tipo de bebidas encima de la mesa. Habrá una hueco abierto en una ventana y por allí pueden entrar. Ya sabemos que no sois ni gordos ni flacos ■ ae
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